Es una experiencia personal, mi primer viaje sola, tengo 55 años y, siguiendo la tradición de las etnias africanas, he adoptado un nuevo nombre: Chongui.
Domingo 19 de enero del 2003
Fernando Carrión, misionero que viaja a menudo a Guinea Ecuatorial para estar en contacto con los misioneros destinadoso allá y que va a dar clases en el Seminario Bíblico en Mbangan, ha sido invitado por nuestra congregación de la calle Font d’en Canyelles a dar una visión de la obra misionera en Guinea, y también para dar información de cómo está, y lo que está haciendo allá, Rosa Chito, una joven de nuestra iglesia evangélica, que fue a Bata hace unos meses.
He de decir que Rosa es una chica de 26 años, maravillosa, vital, comprometida con el servicio a los demás y a Dios. Ha ido a Ukomba, a las afueras de Bata, segunda capital de Guinea, para ayudar a un matrimonio misionero, Daniel y Ester, que tienen dos hijas, Aída de 7 años y Laia de 4, a hacer de profesora de ellas para que sigan los estudios al nivel de España. Además se ha tomado seriamente ayudar y ha optado por alfabetizar a grupos de mujeres y jóvenes de ambos sexos que estén interesados en aprender.
Mientras voy oyendo hablar a Fernando, algo dentro de mi se despierta, me impacta todo lo que cuenta, la situación de los guineanos, la obra misionera en ese país, la situación de Rosa allá, y esto crea un fuerte deseo de visitarla para darle ánimos y a la vez conocer yo, in situ, la situación de allí.
Cuando acaba de exponer toda la información sobre este país africano, hablo con él para descubrir si es factible viajar allá. Hablamos bastante rato y me comunica que a finales de marzo, él volverá y que si me animo a ir, él me ayudaría a que me concedieran el visado, ya que muchas veces lo deniegan.
Al anochecer de ese domingo, mientras ceno en familia, comento con mi marido Félix todo lo que hemos escuchado en la iglesia, y el fuerte deseo que se ha instaurado en mi corazón por conocer aquel país, su gente, la cultura, las necesidades, y ver a mi amiga. Él, como siempre escucha, pero no dice nada.
Al domingo siguiente, día 26, es Félix que saca la conversación tenida el domingo anterior con la pregunta: ¿Como tienes tu viaje a Bata? La sorpresa es grande por mi parte.
En ese momento deduzco que empieza a hacerse realidad mi deseo. No digo nada, no sea que se estropee, pero aquí empieza a trabajar mi cabeza y mi corazón para que esto se haga realidad.
El día 27 voy a hablar personalmente con Fernando Carrión y le expongo mi deseo de viajar con él. Me explica con detalle los pros y los contras, pero mi corazón me dice: ¡Adelante!
Lo pongo en oración, pidiéndole al Señor que me haga ver claro si es su voluntad de que vaya adelante con mi deseo. La respuesta no se hará esperar.
Carrión me ha dicho que lo primero es vacunarse. He de pedir hora al Servicio de Vacunación Tropical de las Drassanes, hora para él y para mí. La única hora que a él le va bien, por su apretada agenda, es a las 15,30 de un martes, pero que será difícil pedir la hora por teléfono, porque siempre comunica, que será mucho más fácil hacerlo personalmente. Al llegar a casa hago la llamada, por si acaso “sonara la flauta”, pero no es precisamente la flauta lo que suena sino el aparato telefónico del Centro de Vacunación. Me cogen la llamada y una voz femenina muy atenta me dice que el único día que está libre es un martes, el día 11, a las 15,30. ¡Empezamos bien! Es el día y hora que le va bien a Fernando. Cuando me piden información de nuestros nombres y direcciones para ir avanzando la ficha médica, se sorprende de que ella y yo seamos casi vecinas, y que cada día pasa por delante de la puerta de mi domicilio.
A la noche, mientras estoy haciendo la cena, suena el timbre de casa. En la puerta hay una chica rubia, joven, no la conozco y le pregunto qué desea, su respuesta es: Te quería conocer, soy la chica con la que has hablado esta tarde, soy Julia, la del Centro de Vacunas Tropicales. La he hecho pasar. Hemos estado hablando un buen rato, se ha interesado por mi viaje, y se ha ofrecido para hacer un seguimiento mío por si tuviera algún problema de vacunaciones, o a la vuelta del viaje, para comprobar que volvía en perfectas condiciones. Hasta me ha ofrecido su número de teléfono privado, por si necesitaba cualquier cosa.
En pocos días preparo la documentación: Pasaporte, visado, seguro de repatriación en caso de enfermedad, activación de cobertura internacional telefónica, etc.
El día 11 de febrero me vacunan y me dan todas las recomendaciones para tener cuidado en cuanto a la comida y la salud.
El día 20 Fernando Carrión me avisa de que ha recibido los billetes y mi visado. ¡Se me ha concedido!
Hasta ahora todo viene rodado. El Señor me ha contestado que sí.
El día 24 me llama Fernando para decir que ha surgido un problema grave con la salud de su esposa y que ha de posponer el viaje hasta finales del mes de mayo. Si no tengo nada en contra retornará los billetes. Por descontado digo que sí. Cuelgo el teléfono y por mi cabeza ronda que puede ser que la respuesta de Dios a mi petición, y que yo había interpretado como un sí, tal fuera en realidad un no.
Me puse a orar pidiendo por la salud de la esposa de Fernando, y conformidad por este revés en mi deseo de viajar, pensando que si la voluntad de Dios era no mejorar la salud de la esposa, posiblemente ya no podría hacer el viaje en el mes de mayo. Justo en el momento de acabar de rogar, en mi cabeza se enciende una lucecita: ¿Y si hago el viaje sola?
Sin pensarlo dos veces, llamo a Fernando y le hago la propuesta. Se queda pensando y me pregunta si soy capaz de echar para adelante. Contesto que con la ayuda de Dios, seguro que sí.
El día 26 empiezo a tomar la medicación para prevenir cualquier tipo de infección. Ahora compruebo que la respuesta a mi viaje era un SI.

Jueves 27 de marzo del 2003
Es una mañana clara, soleada, del mes de marzo. Estoy nerviosa, pero preparada. He de dejar las pocas joyas que llevo, unos pendientes y los anillos. Mi vestimenta ha de ser de algodón, por el calor y humedad, y discreta, ya que a donde voy no se ha de hacer ninguna ostentación, ya que voy a uno de los países que está en los primeros lugares en las listas de pobreza.
A las 14,30 como con mi familia, Félix, Rubén y Marta. Félix es mi marido, Rubén y Marta –mis hijos- tienen 27 y 14 años respectivamente. Al acabar, Rubén se despide y se va a su trabajo, no sin antes hacerme toda clase de recomendaciones.
A les 15,30 llega Carmen, que es la hermana de mi marido, mi cuñada, a casa para acompañarnos al aeropuerto. Quiere comprobar “in situ” que su cuñada se va de verdad.
A las 15,55 llegamos al aeropuerto de Barcelona, vamos a facturar y empiezan los problemas. Mi nombre no sale en el ordenador en viaje a Bata, solamente sale como viajera a Madrid y de vuelta de Madrid a Barcelona. Carmen, ella viajera, con mucha paciencia hace que todo este lío se mueva y se soluciona, hasta los 31,6 kilos de equipaje me los facturan como “Bisness”, porque por mis billetes sólo puedo llevar 20 kg., y haciéndolo por “Bisness” pueden facturar hasta 40 kg. El equipaje ya lleva etiqueta.
Las maletas no llegarán a Bata, sólo a Malabo, allá las tendré que recoger y facturar hacia Bata, ya que es otra compañía aérea.
Después de los nervios tomamos un café, hacemos una oración y me despido de mi esposo, de mi hija Marta y de mi cuñada.

El vuelo Barcelona-Madrid ha sido bueno, aunque ha salido con retraso, ya que tenía que salir a las 18,30 y ha salido a las 19,15.
En Madrid llueve. Llegamos tarde, a las 20,30. Tengo tiempo para encontrar la salida internacional, ya que hasta la 1,50 de la madrugada no sale el vuelo hacia Malabo.
Hago tiempo paseando y a las 22 horas entro en la cafetería, como un bocadillo y leo información del país a dónde voy, la he bajado de Internet.
A las 23 horas voy a facturación y me arreglan el problema de las maletas, dicen que no tendré que preocuparme de recogerlas en Malabo porque las llevarán directamente a Bata.
Empiezo a ver muchos negros, casi todo el pasaje es negro, quitado de 4 ó 5 blancos.
Cuando espero delante de la sala de embarque una chica joven, vestida de monja, me pregunta la hora y entablamos una conversación.
Yo creo que el preguntarme la hora ha sido una excusa para hablar, está asustada, al igual que yo, lo que pasa es que a ella se le nota más.
Hablamos de muchas cosas y del Señor. Es colombiana y se llama Gracia. Ha estado en Arenys (provincia costera de Barcelona) haciendo un curso espiritual y ahora va a Bata por tres años a hacer de misionera. No sabe la dirección dónde va, sólo sabe que la irán a buscar al aeropuerto.
Mientras tanto esperamos y hablamos. Al lado nuestro se sienta una señora muy negra, muy bien vestida y con un sombrero de paja. Dice que es corisqueña (de Corisco) y empieza a explicarnos cosas. Yo estoy interesada porque explica la historia de la isla de Corisco, cerca de Bata, donde hay la reserva más importante de tortugas Carey. Nos dice que sus playas son paradisíacas.
Explica que se casó con un valenciano. Llega su hijo y se pone también a hablar con nosotras y continúa la explicación de su madre. El chico debe de tener 38 ó 40 años, bastante bien parecido, y el color de la piel es mucho más claro que el de la madre. Los rasgos son más de blanco que de negro.
Explica que su madre es de la familia Mentz (muy conocida en Bata), sus antepasados fueron los primeros extranjeros que llegaron a la isla, eran alemanes. Nos explica que su padre, militar valenciano, apellidado Portolés, fue el primer español en llegar a la isla de Corisco, hizo negocios y se casó con la Mentz.
Este chico nos ha ido explicando su vida, que lo llevaron a Valencia cuando era pequeño, donde estudió, y cómo fue su primera visita a Bata después de haber vivido en Valencia, 34 años. Toda una historia para escribir, ya que nos ha explicado, con pelos y señales cosas muy interesantes.
Al decirle yo que me gustaría visitar Corisco nos ha explicado que es peligroso, ya que la única embarcación que va es muy rudimentaria, un cayuco, y se tarda casi 6 horas para llegar y se ha de tener en cuenta que es un mar abierto y peligroso.
Cuando ya nos han llamado para entrar en la sala de embarque, se ha puesto a hablar con nosotras un señor bien parecido, un poco mayor y nos ha preguntado dónde íbamos. El nos ha explicado que era alemán y que va hacia Bata. Que es capitán de barco. Muy simpático, habla castellano de una manera muy extraña, aunque se hace entender.
A las 23,55 subimos al avión, aunque la salida está prevista para las 2,10. “Cacho” avión, largo y ancho. Asientos muy amplios y se pueden estirar muy bien las piernas. Tengo ventanilla.
Delante de cada hilera de asientos hay una pantalla de ordenador. Después de darnos las instrucciones por si se presenta algún problema, sale un mapa que nos informa por qué países y ciudades vamos a pasar.
De Madrid a Malabo hay 4.268 km. A las 2,40 de la madrugada pasamos por encima de Almería; primero ha pasado por Valencia y Murcia.
Ya estamos sobrevolando el Mediterráneo.
Estamos a 10.688 m de altitud
Velocidad 868 km/h
Temperatura exterior -50 ºC
Esta información va variando constantemente, ya que va diciendo la latitud norte, etc. También va indicando la hora española y la de Malabo.
Acaban de darnos una bandeja con comida, una revista y unos auriculares dentro de una bolsa precintada. No sé para qué.
La TV da una película, pero no se oye la voz. Después de unas horas me doy cuenta que soy una “pueblerina”. Los auriculares eran para conectarlos al brazo del asiento y buscar emisoras, entre ellas la del canal de TV. Ya es tarde. Me dan una manta. Intento dormir.
Ya son las 6 de la mañana, he podido hacer una cabezada.
Qué maravilla, qué despertar, estoy viendo alborear por encima de las nubes. Precioso.
Hago un par de fotos. En el cristal, por fuera, hay hielo.
Traen el desayuno: Tortilla, puré, bacón, macedonia, mantequilla, mermelada, zumo de fruta, café y un croissant de chocolate. No como, no tengo hambre, solo el zumo y el café.
El sol empieza a molestar, pero no quiero cerrar la cortinilla para no perderme la preciosa vista que se ve desde aquí rozando el cielo.
Estamos llegando a Calaba, que está por encima de Malabo. Son las 7,15. Vamos bajando de altitud y a 960 km/h. La temperatura es de -49 ºC.
Nos hacen llenar un impreso para entrar al país.

Viernes 28 de marzo
Malabo se llama ahora a la antigua isla de Fernando Poo, y Bata es la segunda capital, pero está ubicada en el continente, por lo que hemos de sobrevolar el océano para llegar a ella.
El aeropuerto de Malabo es pequeño, pero esta rodeado de verde. La primera impresión es la calor que te “pega” al salir del avión. También sorprende el olor. Dicen que es el olor de África, entre sucio y ácido.
Todo lo que hay es penoso. Suerte que en la pista me espera Dámaris. He de decir que Dámaris es una misionera destinada a Malabo. Tiene aproximadamente 25 años, está rellenita y tiene una sonrisa preciosa. Se la ve muy desenvuelta en este lugar, y maneja muy bien a los policías del aeropuerto. Está aquí porque Rosa, mi amiga, la ha llamado para pedirle que me ayude en el transbordo de aviones, y a hacer los trámites de cambio de avión.
Se ha adentrado hasta la pista de aterrizaje y está al pie de la escalerilla. La riñen pero ella está aquí, tal como había prometido, y enseguida me reconoce.
Ella es la que se encarga de dar el pasaporte, recogida de maletas, que al final se han tenido que recoger aquí y facturar hacia Bata con la otra compañía de aviación. Hasta le ha hecho los trámites a Gracia, la misionera que ha venido conmigo. Dentro del avión teníamos asientos separados y no nos hemos visto en todo el vuelo, pero al bajar se ha vuelto a acercar a mí. Parece que acompañado se pierde un poco el temor.
Todo va despacio, todo el trámite se hace manual, parece que hayamos retrocedido 50 años.
Mientras Dámaris se preocupa de todo miro a mi alrededor. El aeropuerto es un barracón desconchado, que tal vez un día tuvo alguna mano de pintura. Lo primero que se ve es una foto gigante del presidente Obiang con la inscripción: “El mejor presidente”. Hay mucha suciedad. No hay ni puertas ni ventanas, solo el agujero con rejas. Muchos llevan la cara del presidente estampada en la camisa, pantalones, pañuelos, faldas...
Esta imagen del barracón me recuerda los campos de concentración vistos en películas.
El facturar las maletas hacia Bata comporta problemas. Excedo del peso y suerte de Damaris, que lleva todo el trámite y conoce el país y a los guineanos y no se deja engañar, y sólo cobran, al cambio, 6 €.
Me despido de Dámaris, me acompaña hasta la escalerilla del avión, los policías la riñen, pero ella no hace caso. Subo a la avioneta que me llevará a Bata.
El viaje da miedo por la mala calidad del aparato, pequeño, viejo, los cinturones, si es que en algún asiento hay alguno, no cierran, la goma que sella las ventanas está en muy malas condiciones, el plástico de algunos de los asientos está rajado y se le ven las entrañas, y es muy ruidoso.
El calor es asfixiante. Al cabo de poco empieza a llenarse de humo toda la cabina. Estaba avisada: es la condensación del aire acondicionado. Empieza a refrescar. Si no te han avisado de lo que puede ser este humo te asustas. Las hélices empiezan a girar y despegamos.
La vista es muy bonita, aunque la visión de las hélices no hace mucha gracia, a veces van tan rápidas que no se distinguen las aspas, como van muy lentas y se pueden contar, y es cuando miras hacia abajo por si pierde altura. El temor se va apoderando de uno.
Cuando sobrevolamos la costa el panorama es precioso, unas playas donde los cocoteros llegan mar adentro, y cuando nos adentramos más, se ve la selva por encima, frondosa; no se ven carreteras ni casas.
Llegando a Bata pasamos por encima de los manglares, es impresionante.
Me están esperando Rosa y Daniel Banyuls, que es el misionero “titular” por decirlo fácil. Estoy contenta de ver caras conocidas y de color blanco. Ellos son los que me han ayudado a pasar el trámite aduanero en este aeropuerto.
Subimos al “todo terreno” de Daniel. El camino hacia la Misión Bautista es malo, todo el mundo conduce muy rápido. Me sorprende que muchos coches no lleven matrícula, y que los taxis lleven exceso de personas. Poco a poco me van advirtiendo de lo que veré. He de tener la mente muy abierta para comprender que aquí las cosas no son como en Europa. Estamos en el corazón de África y todo funciona de distinta manera.
Cruzamos la ciudad de Bata. Las casas son muy tétricas y están hechas de cemento con la cubierta de chapa ondulada, esto ya me da una percepción del calor que debe de hacer dentro de estas construcciones.
Hay mucha, mucha gente por la calle, nunca había visto tanta gente, sólo en las calles más céntricas de Barcelona y en horas punta. Hay muchos niños, está lleno de niños.
Vamos dejando atrás las últimas casas de Bata y cogemos la carretera que lleva a Ukomba, una carretera desigual y que va paralela a la costa. Me agarro fuerte al asiento, ya que el jeep va dando tumbos, supongo que la suspensión no está en las mejores condiciones. Daniel conduce rápido, y a cada curva mi cuerpo se balancea y parezco una muñeca de trapo.
Por fin paramos delante de una pared hecha de obra, toda blanca, debe de ser la única pared pintada de toda Bata, con una placa donde pone: MISIÓN BAUTISTA. Hemos llegado a la que será mi casa en los próximos días.
Abren la puerta de la finca y quedo fascinada. Entramos en un jardín de césped muy bien cuidado, lleno de cocoteros, aguacates, mangos, y un mendrugo enorme. Lo más impresionante es la vista. Una balaustrada y detrás el Atlántico.
A cada lado del amplio jardín hay una casa colonial, grandiosas, los techos son de madera y en cada uno de ellos hay un ventilador enorme. Grandes ventanales por donde entra toda la luz posible. El mobiliario es de madera y mimbre, y los objetos de decoración son típicos de la artesanía de aquí.
Tomo posición saludando a Ester y las pequeñas Aída (siete años) y Laia (cuatro años), esposa e hijas de Daniel.
Hay tres perros. Me avisan de que para poderme reconocer Rot (el rotwailer) ha de hacer un ritual. Él intentará pasar por en medio de mis piernas. Si le dejo sabe que seremos amigos. Efectivamente, yo le doy paso y después el se aleja sin molestarme.
Dejo las cosas en la que será mi habitación y abrimos la maleta de los regalos. Ohhh!!!
Las niñas abren los ojos como platos. Daniel y Rosa los abren cuando ven el jamón y demás embutidos.
Comemos comida europea. Entre nosotros también está Santiago, un negro que les ayuda en el ministerio y está aprendiendo con Daniel. Tiene una sonrisa preciosa.
También me presentan a Eloisa, que es la persona que ayuda en la casa, está de 8 a 15. Hace la limpieza y la comida. Es muy discreta y siempre lleva una sonrisa en la boca.
Aquí se necesita mucha ayuda porque las casas son grandes. Toda la ropa y los colchones se han de airear a menudo para evitar la humedad y que aniden pulgas.
La ropa se lava a mano y se ha de planchar toda, tanto del derecho como del revés, para matar los parásitos que se puedan depositar en ella.
La elaboración de las comidas es complicada porque se ha de desinfectar todo.
Después me ducho y vamos a Bomé, en Mokurasi, un poblado donde sólo hay unas diez cabañas y la escuela donde trabaja Sara, la directora. Hoy vienen hombres nativos para poner vierteaguas alrededor de la escuela para poder recoger el agua de la lluvia y aprovecharla para beber, ya que el pozo que han abierto los misioneros está infectado por falta de higiene de las personas que viven alrededor.
También les han hecho una letrina para enseñarles a hacer sus necesidades en condiciones, de manera que no infecten las aguas, ya que las hacen por todas partes.
Mientras los hombres trabajan Ester y las niñas se bañan en el mar.
Rosa y yo caminamos por la playa, hay unos agujeros muy grandes y me dice que son los nidos de los cangrejos. Unos cangrejos enormes. El agua del mar está muy caliente, no da gusto bañarse, porque con tanto calor no gusta encontrar esta agua que parece caldo.
Entre las palmeras y cocoteros se ve, de tanto en tanto, alguna casa. Estas casas están hechas de madera con el techo de nipa. La nipa son las hojas de las palmeras, puestas al través para que no filtre el agua y cosidas con hilos naturales de árboles.
Por la arena hay muchas conchas y caracolas, y también coral arrancado en días de mala mar. Llegamos a un lugar donde desemboca el río Mokurasi. Es precioso. Hay unos niños bañándose. Volvemos.
Todas las casas están hechas de madera. Susana, una nativa vive a unos metros de la escuela y la visitamos.
Vive con su hijo de unos catorce años y está cocinando. Su casa está en muy malas condiciones, parece hasta y todo que ha sufrido un incendio. Se está haciendo una de nueva ella misma. De momento solo tiene el esqueleto que son palos de árbol. En el suelo tiene ya mucha nipa preparada para hacer el tejado. Todo es artesanal.
Detrás de la casa tiene cocoteros, plataneros, papayas, aguacates y piñas.
Está cocinando “bambucha” y consiste en picar en un mortero la fruta del Palmisté, y que ha de hervir primero. La olla que hace servir es un bote de pintura de 10 kg aprox. Me deja probar la fruta sin hervir. Es de color naranja y tiene un hueso grande y tiene poca pulpa y es muy astillosa, pero de buen sabor.
Una vez hervida la machaca durante mucho rato en el mortero. El mortero es un trozo de árbol donde se ha hecho un hueco en su interior, que ya se ha redondeado por el tiempo que se ha hecho servir. Lo cuela con su propia mano, y la última colada la hace con una lata de sardinas ya oxidada a la que le han agujereado el fondo.
Todo el trabajo lo hace agachada. Es muy pobre.
Va a un árbol y me regala una papaya. Me ha encogido el corazón ver sus ojos tan tristes. Me han explicado que bebe. Ahora, de todas maneras, está serena.
Nos hemos de ir. Me despido y le digo que la próxima vez que vuelva a Mokurasi la iré a visitar. Me dice que me espera.
Volvemos a la escuela, aún están poniendo los vierteaguas. Aprovecho para verla por dentro. El suelo es la misma arena de la playa. Los bancos y las mesas son muy rudimentarios, pero está bien montada. Cada curso tiene su aula.
Aprovechamos para ir andando a casa de Sara. Andamos bastante rato, puede que una hora. La casa está aislada, aunque la casa más cercana es la de un nativo, profesor de la escuela, llamado Acacio.
Sara es una chica joven y guapa. Tiene los ojos azules y una alegría y bondad poco habitual. Está muy delgada. Es muy simpática y risueña. Dice que tiene 30 años, pero parece más joven. Me enseña su casa, es preciosa, de madera como la de los nativos, pero más bien hecha y mejor decorada. Hacemos broma y le digo que parece de IKEA (supermercado de firma alemana donde venden muebles de madera y complementos para casas de jóvenes con pocos recursos económicos).
Le hace gracia y me invita a pasar un par de días con ella la próxima semana.
Eso sí que será una buena experiencia. Solas, sin luz ni agua corriente, y apartadas del “mundanal ruido” y en plena selva.
Retornamos a la escuela y ella nos acompaña. Vamos andando por la playa, es el mejor camino, porque la marea está baja, la arena está compacta y no hay impedimentos para andar. Si tuviésemos que ir por el interior sería más problemático, ya que la hierba es alta y cuesta orientarse. Los coches también van por la playa de una aldea a otra como si de una carretera fuese, si la marea está baja.
Me explican que aquí hay nueve tipos de mareas.
Vamos andando tranquilamente por la playa hacia Mokurasi Ester, Rosa, Laia, Aída, unos niños nativos y yo.
Aída y las niñas nativas van primero, después va sola Laia, es muy menudita y rubia, y detrás, más apartadas vamos hablando Rosa, Ester y yo. De repente se acerca un jeep por detrás nuestro como un “fitipaldi” por la arena. Como que el viento va a la contra no oímos el ruido del motor. Pasa por nuestro lado a una velocidad de vértigo y nos damos cuenta que se acerca demasiado a la niña pequeña. Hay el peligro que la niña se desvíe un poco y sea atropellada. Chillamos, pero la niña no nos oye. Corremos y el loco casi la atropella. No ha hecho ninguna intención de frenar. Me doy cuenta, por primera vez, que aquí los conductores van a la suya. Más adelante tendré ocasión de comprobarlo.
Continuamos caminando y veo tres grandes pájaros, una especie de águilas, volando en círculo por encima de nosotras. Como Ester hace años que vive aquí y no dice nada, no le doy importancia. De repente una de ellas se deja caer en picado sobre Laia, la niña pequeña, y la intenta coger. No lo consigue porque la niña empieza a chillar a ha voltear los brazos. Llora y está muy asustada. Corremos hacia ella y tiene arañazos de las garras de la bestia en la cabeza. No hay manera de consolarla. Durante todo el camino los tres aguiluchos continúan sobrevolando nuestras cabezas, puede que para ver si quedaba otra vez la niña sola. Al llegar a Mokurasi se lo explica a su padre, y él, para quitarle importancia le dice que como es tan pequeña y rubita, la han confundido con un “pollito”. A partir de este momento le decimos a la niña “pollito”.
Ha sido un susto. El primero de mi “aventura”.
Cuando íbamos a marchar ha venido una chica embazarada llorando desconsoladamente y queriendo hablar con Daniel y con otro que le acompañaba. Hemos tenido que esperar un buen rato, con el peligro de que se hiciera de noche, ya que la marea sube y tendríamos que volver por la selva.
Me han dicho que al llegar a casa ya me explicarían lo que le pasaba a esta joven del poblado.
Antes de marchar, cuando ya arrancaba el jeep, Susana, la mujer pobre, nos ha traído una olla con “bambucha” que había cocinado y nos la obsequiaba.
De vuelta hemos dejado a Sara en su casa. La vuelta hacía respeto, porque estaba oscureciendo y a Daniel no le gusta conducir de noche porque por la selva no hay caminos señalados.
Las hierbas son altas y rodean el jeep tapando la mitad del parabrisas. Se guía más por intuición que por lo poco que se ve a lo lejos.
Llegamos a un punto donde hemos de parar porque hay una manada de Ñus. Vamos poco a poco para evitar que se asusten y no nos hagan nada. Subimos las ventanillas para evitar que puedan meter la cabeza en el interior. Ver tan de cerca sus cuernos impresiona.
Me explican lo de la chica del poblado. Aquí hay mucha brujería y parece ser que alguien le ha hecho “mal de ojo” y el brujo el poblado le ha pedido a la chica la vida de su madre. De alguna manera ella ha de hacer que su madre muera, y si ella no lo hace, el brujo le robará el hijo que está esperando. Está embarazada de siete meses. La joven, desesperada, porque no quiere hacer nada para matar a su madre, ni quiere dar su hijo al brujo quiere que Daniel la ayude a quitarse este maleficio de encima. En Mokurasi hay la casa del brujo, donde se pintan las caras y hacen rituales de brujería. En este país forma parte de la cultura.
Llegamos a casa. Al cabo de un rato llega Sara que pasará el fin de semana con nosotros. Tiene el hábito de hacerlo, porque como vive sola y apartada de los blancos, aprovecha los fines de semana para juntarse con los demás misioneros y estar acompañada.
Cenamos embutido español en casa de Daniel y Ester, dentro de la casa, porque los insectos suelen salir a partir de las cinco de la tarde. Hemos de ir tapados y con el repelente puesto, y esto que en las ventanas hay mosquiteras.
Cuando vamos a dormir Rosa, Sara y yo, al pasar por el jardín para ir a la casa de Rosa, vemos un hombre negro en el patio. Me dicen que no me asuste, que es el vigilante de noche. Llega a las siete de la noche y se va las siete de la mañana. Es por seguridad, ya que por la noche es cuando hay peligro que entren en casa de los blancos y los maten. Me dicen que todos los blancos de Guinea tienen un vigilante.
Suena el teléfono y es Félix, mi esposo, está preocupado porque no le he llamado para decirle si ya estoy instalada y no ha habido ningún contratiempo. He de reconocer que merezco el “rapapolvo”, ya que con tantas experiencias en tan poco espacio de tiempo se me había olvidado por completo el llamar a mi familia en España para tranquilizarles y que supieran que todo había ido bien, y ya me había incorporado a mi nueva familia en Guinea.
Vamos a dormir. Las camas (literas) tienen mosquiteras. Como Rosa quiere que durmamos juntas en la misma habitación me presta su cama, la litera de encima de Sara, y ella en el suelo, encima de un colchón. Yo hubiera preferido dormir en la otra habitación, ya que ronco y las molestaré.

Sábado 29 de marzo
Por la mañana, después de desayunar, hemos ido a hacer una visita a Sola, la mujer de un funcionario. Se llama Sola porque es hija única. Aquí todos tienen diferentes nombres: el de nacimiento, en idioma nativo; en español; y otro que puede ser un mote, como el de Sola, y que puede ir variando a lo largo de los años.
Su casa está mejor acondicionada que otras. Tiene televisor, vídeo, plancha y un ventilador. La tiene muy limpia.
Sola está embarazada de cinco meses. Las paredes están recubiertas de tela y hay pósters de Obiang y de Elvys Presley. Vienen algunos vecinos. Estamos una hora y media, y Daniel, el misionero, explica la parábola del “Hijo Pródigo”. Para hacer más fácil la comprensión la acompaña con dibujos. También cantamos. Les gusta mucho cantar.
Al salir, vemos mujeres lavando ropa en la puerta de su casa, utilizan cubos y lo hacen en cuclillas, deben de tener los riñones hechos polvo.
Vamos con Rosa y Sara a comprar al Súper-Martínez. Todo carísimo. Yo pensaba que la vida aquí sería barata. Estaba del todo equivocada. Un cartón de leche, al cambio, vale 1,5 € (250 ptas), una bolsa de tostadas 4,51€ (750 ptas), una botella de aceite 6,61 € (1.100 ptas), una botella de gel de ducha (de marca no conocida) 4,81 € (800 ptas). Y así todo. Me sorprende la explicación de Rosa de que el cartón de leche, cuanto más caducado está, más económico es.
Comemos en casa de Daniel y Ester. Nos acompañan tres americanos que están en Bata trabajando, están poniendo máquinas frigoríficas por refrigeración. Tienen amistad con la familia y comemos juntos.
La comida transcurre hablando de autonomías, de la guerra, de la autodeterminación... Sara es valenciana, y como yo soy catalana, hemos tenido “piques”, pero divertidos.
Unos nativos han venido a ofrecernos “madera”, y al preguntar yo qué era “madera” me han aclarado que eran objetos artesanos tallados en madera, marfil y carey, pero lo que nos enseñan no nos gusta.
Esta tarde han llegado Jazmín y Andrew. Ella es misionera colombiana y tiene 43 años. Andrew tiene 18 y es inglés, está estudiando en el seminario porque quiere ser misionero. Ha dejado la universidad en Inglaterra para servir a otros.
Hablo con Jazmín más íntimamente. Rosa me había hablado de ella, porque tiene problemas con la menopausia, y me había encargado unas cremas de venta en farmacias para paliar los sofocos, ya que aquí no tiene posibilidades de conseguirlas. Hoy se quedará con nosotras.
Rosa y yo vamos a la “Farmacia Internacional”. Único lugar donde se pueden encontrar algunos medicamentos. Buscamos un diurético, estoy hinchada por el calor. La farmacia parece una prisión, la persona que despacha está detrás de una reja. Veo que sacan un frasco grande y me preguntan cuántos quiero, los venden por unidades.
Después vamos a dar una vuelta y llegamos al Centro Español, y allí he comprado un pequeño cuadro, me ha gustado porque recuerda mucho al poblado de Mokurasi, aunque aquí todos los poblados son parecidos. También compro una reproducción de un “cayuco” (embarcación pesquera típica de aquí). Hemos tenido que regatear mucho, aquí tiene que ser así.
Al salir vamos a un restaurante, bien, a un lugar donde hacen comida a la brasa. Es muy viejo, la pintura desapareció hace tiempo. Nos sentamos fuera y pedimos una Coca-Cola fresca. Hace tanto calor que da gusto ver como la lata rezuma gotas de agua helada. No queremos cubitos por desconfianza en el agua con la que estarán hechos. Aquí se ha de tener mucho cuidado para no coger enfermedades, y el agua es una de ellas.
Mientras esperamos la llegada de Sara, llegan Jazmín, Andrew y otra misionera, Belkis, una chica dominicana también muy joven, tiene 27 años.
Hemos entrado en la cocina para escoger que pescado queremos. Aquí es normal entrar en la cocina para ver cómo lo preparan. Para acompañar el pescado nos han traído yuca y plátano frito. Aquí es típico. También hemos pedido pinchitos de cebú. La carne de cebú está más tierna que la ternera. El pescado exquisito.
He pagado yo, porque durante el día no me han dejado pagar nada.
De vuelta hemos cogido un taxi, éramos siete, aquí los taxis siempre van llenos. La gente va subiendo a medida que vamos avanzando por el camino. Cuando ya no caben más se sientan encima tuyo, encima del techo del coche, colgados de las ventanas o en el maletero.
Al llegar a la Misión, Rosa, Sara y yo hemos bajado a la playa con guitarras y otros instrumentos de percusión. Hemos tenido que vigilar dónde nos sentábamos, porque la playa es el “cagadero”. Durante un rato hemos estado cantando, pero al subir la marea hemos tenido que salir corriendo.
Hemos continuado en el porche de la casa, Belkis y yo estábamos en un balancín de mimbre, y con el balanceo ella se ha dormido encima de mí.
Esta noche quiero dormir sola, sé que ronco y no les quiero “dar” la noche, aunque me tranquilizan diciéndome que esta noche anterior no me han oído. Sólo Sara dice que me ha oído una vez, pero que muy flojito, y que me ha hecho “shhh, shhh, shhh...” y he callado enseguida y no me ha vuelto a oír en toda la noche.
Me han puesto un ventilador, porque la habitación que da a la parte de atrás de la casa, es más calurosa. A las dos de la mañana me levanto porque estoy cogiendo frío.

Domingo 30 de marzo
Sara, Rosa, Belkis y yo hemos desayunado juntas y hemos ido a visitar un poblado del interior llamado Ntobo y hemos asistido al culto en su iglesia.
Justo al llegar, al bajar del jeep de Daniel, me han enseñado una planta “fantasma” que es como los nativos la llaman. Dicen que es una planta carnívora, cuando la toco sus hojas se cierran al instante. Le hago una foto, y las chicas del poblado se ríen, claro, como ellas están acostumbradas a ella se extrañan que yo le haga una foto. Antes de entrar a la iglesia se han presentado estas jovencitas. Una se estaba terminando de peinar, y se ponía en las trenzas de su cabello unas bolitas de madera en la que había la inscripción: I love Jesus. Me ha dicho que se llama Felicidad. Después se ha presentado otra joven llamada Catalina, y me he fijado en sus brazos, ya que tienen “pelusa”, cosa no frecuente en los negros. Otra chica se llama Merina, y una más pequeña Muñe. Van bien vestidas. Los domingos, para ir a la iglesia, se ponen sus mejores galas.
En la iglesia han contado la parábola “del Sembrador”, y hemos cantado mucho. Les gusta cantar y lo acompañan con algunos instrumentos, aunque sean rudimentarios. También saben dar palmas con mucho ritmo y musicalidad.
Al salir he demandado de hacer fotos y algunos han aceptado.
Después hemos ido a casa de Fernando y Constancia y su hijo Huson, pequeño, debe de tener un año. Constancia no se encuentra demasiado bien, tiene dolor de riñones y de espalda, porque parece ser que ha llevado mucha carga y ahora le duele. El matrimonio es agradable y joven. Me han enseñado su cocina, cosa poco habitual en este lugar. La cocina es como un lugar sagrado para ellos y procuran que ningún extraño entre.
En la cocina tiene el fuego encendido y me enseñan los cangrejos que tienen dentro de un saco. Cangrejos enormes. También me enseñan las trampas que se fabrican para cogerlos, Consisten en un trozo de tronco de árbol con un corte en medio y una cuerda.
Sacan uno de los cangrejos para que lo vea mejor, pero este se escapa y se esconde debajo de la cama, los niños lo atrapan hábilmente con la mano. Están acostumbrados y no les tienen miedo, aunque las pinzas del cangrejo no les hacen demasiada gracia.
Fuera de la casa tienen gran variedad de arbustos y árboles frutales de África, donde podemos encontrar: cocos, plátanos, mangos, papayas, aguacates, piñas... Me doy cuenta de que a los plataneros les cuelga como una gran trompa de elefante, donde al final hay una gran flor, de color rojiza, y me cuentan que en esta trompa es donde va a salir todo el manojo de plátanos. También me sorprende que todas las frutas de aquí son de color verde, aunque estén ya al “punto”, por eso es tan difícil de distinguirlas entre las hojas de su árbol.
Digo que tengo sed, y un chico del poblado hace coger un coco (yo no reconozco que sea un coco, porque es todo de color verde y muy grande) y con un machete lo ha pelado, de dentro ha salido la típica cáscara marrón, fibrosa, del coco que en España conocemos. Ha hecho en él un agujero con el machete y me ha dado de beber del agua del coco. Está buena y dulce, y además fresca. Todo seguido pela otro y a este le saca la pulpa para que coma. Le pregunto porqué abre otro, si ya había abierto uno, a lo que me responde que el primero era más tierno y por eso tiene más agua, y que el segundo tiene poca agua porque está al punto para comer. La pulpa del primero era tierna y transparente y no tenía nada de sabor.
También me han hecho probar la caña de azúcar. Es una caña que se va mordiendo y que al contacto con ella la saliva se vuelve dulce, demasiado dulce, parece más el sabor de la sacarina que del azúcar. Una vez mordida se escupe.
Después me han llevado a Ikunde, al restaurante Ivo Bar; por el camino hemos visto a una mujer con una túnica de color amarillo y una cruz roja echando unos polvos alrededor de una casa. Daniel dice que es una bruja que está haciendo un maleficio.
Al llegar a Ivo Bar, no se puede decir que sea un restaurante, ya que es tan pequeño que con mucho esfuerzo cabe una mesa para unas diez personas en la terraza. Buscamos a Isabel, la dueña, y nos dicen que está en la cocina. Vamos y nos hace entrar. Nos recibe como si fuéramos de la familia. La cocina la tiene como una patena, limpia y ordenada, las ollas de aluminio ordenadas en estantes, por medidas, al igual que las cacerolas. No sé cómo tiene tantos “cacharros”, si no hay sitio para servir a tantos comensales como ollas tiene.
Isabel es una negra muy guapa y agradable, de mi edad o similar; muy limpia y hace muy buen olor. Lleva las uñas de manos y pies, muy largas, bien cuidadas y pintadas de un rojo estridente. Me presentan y no para de elogiarme.
Estamos Daniel, Ester, Rosa, Sara, Belkis, las nenas Aída y Laia y yo. Parece que ya sabían que iríamos y han preparado para comer cosas típicas. Nos ha hecho una comida bastante buena: yuca frita (más buena que las patatas fritas), plátano frito, arroz, pollo con salsa de cacahuete, pescado con salda de “bambucha” y de postres papaya, es parecido, por fuera, a una calabaza, pero el color interior, el sabor y la consistencia son bastante similares al melocotón, y también nos ha servido un mango (es la fruta que encuentro más sabrosa), y piña. Las piñas de aquí son muy buenas; es que aquí la fruta se coge cuando está en su punto, y eso se nota. Todo estaba buenísimo.
Al irnos, Isabel me ha regalado un aguacate muy grande, sus aguacates tienen fama de ser los más grandes.
A la hora de pagar Isabel, la dueña, no quería que pagara Ester, quería que pagara Rosa, ya que Rosa es más espléndida que Ester, al ser joven y llevar menor tiempo aquí es más fácil embaucarla.
Hemos quedado de venir la semana que viene para comer cocodrilo y otras carnes típicas de aquí. Isabel me ha dicho que el domingo que viene me invitará y yo no tendré que pagar nada. También me quiere regalar un vestido de su etnia, pero me niego. Dice que el domingo que viene no me podré negar.
Nos hemos llevado el resto de comida que ha quedado, ya que ha cocinado expresamente para nosotros. Todo ha estado muy bien.
Por la calle la gente te va saludando y te da la mano. No nos conocen de nada, pero aquí la gente es así.
También me sorprende que los hombres vayan cogidos de la mano. Me explican que aquí las parejas (hombre-mujer) no se hacen arrumacos en público, ni tan solo se cogen de la mano, entre mujeres tampoco, pero los hombres (amigos) sí van cogidos. Costumbres de aquí.
Por la tarde hemos ido al río Utonde, allá hay un poblado de pescadores combés (una de las etnias que hay en Guinea, la mayor es la etnia fang, y también está la etnia de los bubis) para poder ir en cayuco por el río y ver los manglares.
Hemos ido en el jeep de la misionera Belkis. Al llegar cerca del poblado hemos tenido que pasar por un control militar. La valla nos ha hecho reír, porque era un tronco muy largo colocado encima de dos cruces, también de palo. El policía nos ha preguntado a dónde íbamos, y hemos respondido que íbamos a visitar a Lupercio, un nativo que vive cerca de aquí, ha sido una excusa para que nos dejara pasar, ya que, aunque sí es cierto que aquí vive Lupercio, la visita no era a él, sino al río.
Al llegar estaba lleno de gente, parecía Playa de Aro (conocido pueblo costero de Cataluña, donde en verano está lleno de gente). Muchos coches y familias se repartían la playa, puede ser por eso que había el control policial, deben de ser gente próxima al presidente Obiang, porque llevaban coches de marcas conocidas y caras.
Había un cayuco, hemos ido a una pequeña cabaña donde nos parecía que había de estar su dueño, pero de repente un negro parecido a un “vigilante de la playa” se ha subido al cayuco y se ha hecho trasladar al otro lado del río. Al no poder cumplir nuestro deseo hemos empleado el tiempo en hacernos unas fotos y hemos quedado en volver otro día, porque esto parece un “merendero” en plena temporada...
Nos marchamos y vamos al final del río donde desemboca en el mar. Como la idea no era bañarnos, no llevamos bañador, pero las misioneras, sin vergüenza, se bañan en ropa interior y camiseta. Estamos completamente solas. Al fondo, entre el follaje se vislumbra una torre de vigilancia, con un policía armado y vestido de camuflaje, no sé qué debe de haber cerca para que haya este control.
Rosa es muy bromista y sale del agua marcando pecho, y bromea que es “miss camiseta mojada”, le hago una foto amenazándola de enseñarla a todo el mundo. ¡Ah... que misioneras...! Nos lo hemos pasado muy bien. De repente vemos tres perros sueltos, no sabemos si son salvajes, o no. Cogemos unos palos, por si acaso, pero no, cruzan el río y se van.
De vuelta a la playa hasta donde hemos dejado el coche vemos claros entre el follaje de la vegetación y se ve alguna cabaña típica de madera con la cubierta de nipa, y el cayuco en la playa, cerca de la casa. Todo es muy bonito.
La playa está llena de conchas y de cocos que caen de los cocoteros, y encima de la arena se van abriendo y van saliendo los pequeños brotes de lo que será otro cocotero.
Esta vez el jeep de la misión de Belkis lo conduce Rosa. Cuando llegamos a la ciudad vamos por una calle que hace pendiente que lleva a una calle principal muy transitada y hemos de girar a mano derecha. De repente me doy cuenta que el coche está cogiendo velocidad y no para. Al llegar al cruce parece que acelere y giramos a mano derecha. Cierro los ojos porque al llegar a la calle principal los que tienen que frenar son los otros coches. Digo asustada: “Pero ¿qué haces?, ¿por qué no has frenado?”, la contestación de Rosa, muy flemática ella: “Es que vamos sin frenos”. ¡Dios mío!, de poco nos matamos. Yo pensaba que los únicos “chiflados” llevando coche eran los taxistas...
Cuando llegamos a casa me ducho y me pongo cómoda. Rosa recibe una llamada telefónica y se pone nerviosa. Le han hecho una trampa con el permiso de residencia y pasaporte. Cruza el jardín y va a la casa de Daniel y Ester para comentarlo.
Me llama Félix, mi esposo, desde España, y me dice que ellos están todos bien y también hablo con mi hija Marta. Aprovecho y llamo a mi hijo Rubén, tenía también ganas de hablar con él.
Como Rosa tarda en volver como unas tostadas con una tortilla a la francesa y un mango. Ella llega muy tarde y está disgustada. También llega Sara. Nos ponemos a cantar y parece que el disgusto le va pasando.
Voy a dormir antes que ellas, estoy cansada, y ellas se quedan hablando del problema. Me avisan que mañana, a las siete de la mañana iremos a Mokurasi porque he de pasar un par de días en casa de Sara.

Lunes 31 de marzo
Me levanto a las seis de la mañana. Sara aún duerme. Doy un paseo por el patio viendo como amanece. Aquí a las siete ya es de día completamente y a las siete de la noche ya es noche cerrada. Así todos los días del año. No hay variación.
El sudamericano de Project nos lleva con su jeep por la playa a Mokurasi. Es un poblado muy pequeño, posiblemente debe de haber sólo unas diez cabañas hechas de tablones de madera con el tejado de “nipa” (hojas de palmera) y el esqueleto de la casa está hecho con troncos de árbol.
Hemos ido a la escuela donde Sara es directora y revisa que todo funcione. Lo primero que me enseña son las aulas y me presenta a los profesores. Hoy es día de exámenes y todos los niños están en tensión.
Sara me da un bote, parecen caramelos y me pide si los puedo ir repartiendo uno a cada niño y niña de todas las clases. Tienen forma de osito, pero son vitaminas. Cada día le dan uno a cada alumno. Me sorprende que todos sin excepción, hasta los más pequeñitos, me den las gracias muy seriamente.
Después hemos vuelto a casa y Sara me ha preguntado si podía hacer unos trabajos manuales para la escuela. He dicho que sí y he estado todo el día trabajando fuera de la casa donde hay una rudimentaria mesa y un banco.
Hemos comido ensalada, pasta y carne picada.
Por la tarde hemos continuado trabajando. Al salir de clase los niños y las niñas venían a ver lo que hacía la “mujer blanca”. Primero se atrevían sólo a mirar de lejos, pero poco a poco se han ido acercando y me preguntaban qué hacía. Les he explicado que era para la escuela, pero que no les podía decir nada porque era una sorpresa.
Un chico, que parecía más grande en edad, con una minusvalía en la pierna, se ha sentado y me ha preguntado si me podía ayudar. Le he dicho que si y le he dejado hacer bolitas con unos papeles de colores.
Todos los negritos son muy guapos. Tienen unos ojos grandes y vivarachos.
He repartido globos y canicas. Ponían unos ojos grandes como platos. De repente han salido niños hasta de debajo de las piedras.
Hay un pequeño niño de dos años que Sara me explica que no le dan de comer porque el brujo del poblado ha dicho que tiene mal de ojo y ha de morir. Cree que no durará mucho. Tiene unos grandes ojos tristes. No habla. Le damos comida, come pero como si no tuviera hambre. Se sienta en el suelo y le doy unos globos. Está tan triste que ni los coge. Otra niña de su edad aproximada le da los globos para que él juegue, pero los deja caer con desánimo y su mirada nos acongoja y rompe el corazón.
No me puedo ni quiero implicar. Sé que no puedo hacer nada. Sara me cuenta que las autoridades no le permitirían en ningún caso quedarse con el niño, ni se puede denunciar porque no hay ningún organismo para ello. Si ya los misioneros tienen problemas para estar aquí ¿cómo van a consentir que ningún misionero interfiera en sus costumbres? Ella le da de comer cada día, pero cuando ella no está no sabe si otra persona le da de comer. Puede ser que los vecinos lo hagan. Aquí hay unas costumbres que los blancos no entendemos.
Sara prepara las camas para la noche. Saca la cama “nido” de debajo de la suya. Encima del colchón parece como si hubiera unos huevos rotos, de color muy blanco. Disimula, los saca y los tira. Yo no pregunto nada porque me está explicando cosas del país y no la quiero interrumpir. Ponemos las mosquiteras y dejamos las camas preparadas para la noche.
Sara me pregunta si la quiero acompañar a alfabetización, enseñando a leer y escribir a mujeres de los poblados. Prefiero quedarme para continuar el trabajo de la escuela y así también aprovecharé para preparar la cena, ya que ella volverá a las nueve, será noche cerrada y será mejor que se encuentre la cena hecha.
Me avisa que a las siete de la tarde cierre bien tanto la puerta delantera como la trasera, y me enseña a encender los quinqués y el fogoncito de petróleo.
A las siete cierro las puertas. Aún dejo las ventanas abiertas, ya que hace calor y hay mosquiteras. Enciendo los quinqués. Hacen poca luz. Al mirar por las ventanas da un poco de temor, ya que no se ve ninguna luz, hay una oscuridad total. Se escucha el ruido de las ramas de los árboles que envuelven la casa, que con el aire rozan el tejado y hacen ruido. También se escuchan ruidos extraños, que no sé a qué son debidos.
He de dejar el trabajo de la escuela, ya que casi no veo. Comienzo a preparar una tortilla de patatas con cebolla. También me ha dicho Sara que pele unas gambas de río para freírlas con un poco de ajo, pero cuando las voy a pelar y cojo una la dejo ir de golpe porque una ha dado un salto al irla a coger. Están vivas. Yo no puedo pelarlas vivas, me da pena. Como hay jamón del que ha quedado al mediodía, que yo traje envasado al vacío, las dejo para mañana.
Me baño como en las películas del oeste. En el suelo del lavabo hay dos barreños súper grandes y un bote. Lleno uno de ellos y me meto dentro del otro, y con el bote me voy echando agua. En las paredes se ven sombras, porque la luz de los quinqués se mueve (como la luz de las velas). A medio bañarme oigo unos arañazos en la puerta de la casa. Pienso que ha venido alguien, pero si fuera Sara se daría a conocer, y además no es aún la hora en que me ha dicho que va a llegar, ya que sólo son las ocho. Pregunto en voz alta que quién hay. No contesta nadie. El temor se va apoderando de mi, ya que Sara me ha dicho (no se si en broma), que hay un hombre nativo al que parece que le gusto y que ha venido a verme esta tarde cuando trabajaba fuera de la casa, pero también me ha dicho que no es normal que ningún hombre se acerque donde saben que hay una mujer sola, a menos que busquen algo. Así que no me quedo tranquila, pero continúo bañándome. Quedo refrescada, ya que el calor húmedo es realmente molesto, y me pongo el camisón de dormir.
Vuelvo a oír los arañazos, pero como ahora estoy más cerca de la puerta oigo maullar un gato. Claro, cuando he cerrado las puertas a las siete he dejado al Rey (se llama así) el gato de Sara. Le llama Rey porque hace lo que quiere, subirse a la mesa, a la cama, entra y sale cuando quiere, no hace caso de nadie... Abro la puerta un poco y entra apresuradamente, y empieza a hacerme la “pelota” refregándose por mis piernas.
Cierro los porticones de las ventanas, porque aunque no tengo miedo, no sé si alguien me está mirando desde fuera, y esto da mucho respeto.
Los quinqués hacen tan poca luz que he de ir con una linterna en la mano para orientarme al caminar.
Miro los estantes y en uno hay una plancha de planchar y veo que es de hierro, de las de poner carbón dentro. Como no hay luz deben de planchar con ella. Pongo la mesa para cenar y espero.
A las nueve en punto llega Sara. Pica con los nudillos y se da a conocer. Trae yuca fermentada, es un tubérculo. La ponen dentro del río y la dejan fermentar durante cinco o siete días. La envuelven con una hoja de platanero, lo atan con una especie de lianas y lo guardan. Hace un olor característico que es la que se huele en toda Guinea, olor a podrido y agrio junto. Es el plato más típico del interior. También trae “envuelto de cacahuete”, es cacahuete prensado a mano, frito y envuelto también con una hoja de platanero. Está muy bueno, parece paté. Es para acompañar pescado o carne. Se lo ha dado Rosa, una nativa, para nosotras.
Cenamos, Sara está contenta porque dice que es la primera vez que llega a casa y se encuentra la cena hecha y la mesa puesta. Dice que me va a contratar...
Hemos estado hablando hasta las once de la noche. Me explica cosas de aquí.
Antes de ir a dormir ella pela las gambas. Aún están vivas, pero a ella no le da nada hacerlo porque está acostumbrada. Las fríe hoy mismo, ya que dice que como aquí no hay frigorífico y por el calor, se estropearían.
Al ir a dormir me deja la cama más alta. Me cuida y me pone la mosquitera cogida por debajo del colchón para evitar que ningún bicho se “cuele” por debajo. Veo que deja uno de los dos quinqués encendido. Le digo que a mi no me da miedo dormir a oscuras, que lo puede apagar. Dice que no. Le pregunto por qué y me responde que mañana me lo explicará. Insisto y dice que es para que no entren las serpientes, que cuando ella llegó aquí, los nativos se extrañaron de no ver luz de noche en su casa y la advirtieron de que lo hiciera así. No hace mucho encontró una boa en el árbol que hay delante de la puerta. La mataron y le aconsejaron tapar toda la parte hueca de debajo de la casa. Es que está encima de unos pilares pequeños para que se airee por debajo. Al ir a taparla descubrieron que el nido de la boa estaba justo ahí.
He dormido mal, cada vez que me despertaba pensaba en las serpientes, porque me ha dicho Sara que son muy silenciosas, pero que el ser humano tiene un sentido especial y es que cuando se tienen cerca te despiertas por este instinto.

Martes 1 de abril
A las 4 de la mañana he tenido necesidad de ir al baño y he tenido que levantarme. A parte de la luz del quinqué llevaba la linterna enfocando todo mi alrededor. Suerte que Rey, el gato, me acompañaba y esto me daba tranquilidad, sabía que si había algún animalito extraño él sería el primero en notarlo.
En la pared hay una araña negra grande y peluda, pero al ir acercándome se ha escondido en el hueco que dejan los tablones deformados que forman el tabique. Aquí hay muchas, creo que me estoy acostumbrando…
En el techo, en el suelo, en el colchón… está todo recomido por las termitas. Sara me ha enseñado su ropa personal, está llena de agujeros.
Por la mañana, de 8 a 9 Sara se va a hacer curas a casa de los nativos.
He desayunado un vaso de leche en polvo, café soluble, azúcar y agua.
Cuando vuelve vamos a ver cómo los pescadores echan las redes desde el cayuco. Los que pescan son los gamberros del poblado, cinco chicos fornidos, pero peligrosos. Han contaminado el agua del pozo, Sara lo precintó para que no cogieran enfermedades, pero ellos enfadados por no poder recoger agua han roto el precinto y han estropeado la bomba.
Sara se lo ha tenido que contar a la Consejera y al jefe del poblado y los tienen que sancionar. Por eso ahora miran y provocan a Sara merodeando cerca de su casa.
Ya sacan los pescados. Hago una fotografía desde lejos, porque de cerca no quieren. No les quiero provocar.
Al acercarnos vemos a las mujeres del poblado esperando para adquirir el pescado (aquí hay mucha pesca) y ellas lo vuelven a revender en Bata.
Se presenta la Consejera del poblado y en fang, su lengua, me da la bienvenida. Las otras mujeres se acercan y me saludan.
Acaban de sacar de la red muchos pescados y entre ellos dos langostas. Preguntamos por su precio y los pescadores nos piden 2.500 Francos Cefas (para poder orientarnos en el cambio hemos de dividir por cuatro y el resultado nos dará el precio aproximado en pesetas). Sara dice que no, que ellos saben que ella vive aquí y que las langostas no van a ese precio. Es que a los blancos les quieren sacar dinero y miran de engañarlos, pero como Sara lleva años viviendo aquí ya sabe lo que pueden justamente pedir.
Las mismas mujeres del poblado dicen a los pescadores que eso es un abuso. Me lo traduce Sara y una nativa que sabe castellano, ya que entre ellos hablan el fang, que es su dialecto.
Sara le pregunta al chico como se llama, y él responde que Pablo (aquí todos tienen dos o tres nombres, uno en fang, otro en castellano y un sobrenombre o mote). Al contestar que Pablo, la mujer fang contesta que a partir de ese momento le llamará “bandido” por lo que nos quiere cobrar por las langostas.
Pablo se niega a vender a pesar de que la Consejera del poblado, que es la mujer más respetada y con poder, le está poniendo “verde”.
Acaba de llegar el gran jefe del poblado y pregunta qué pasa. Las mujeres se lo explican en su lengua. Él va hacia Pablo, que es el que pone los precios, le riñe, coge las dos langostas y nos las trae delante de nosotras y nos pregunta cuánto podemos pagar. Sara contesta que siempre le han cobrado 1.000 francos cefas. El gran jefe dice que ése es un precio razonable y nos las da (al cambio unas 250 pesetas, 1,5€ aproximadamente).
Aprovecho la presencia de este hombre para pedir permiso para hacer una foto y me contesta que sí. Pocas personas han podido hacer fotos en la recogida de pesca.
Vemos también un pez espada y preguntamos si también lo venden, pero la Consejera del poblado dice que lo ha comprado ella.
Volvemos a la casa de Sara a dejar las langostas y hacemos tiempo porque una mujer fang, que se llama Rosa, me quiere enseñar su tesoro más preciado: su finca que está en el interior de la selva. Para mí es un honor que me la enseñe, se ve que le he caído bien.
Un hombre del poblado se acerca y me dice que ya me había visto el sábado anterior y, que ahora, al volverme a ver le recuerdo el paisaje en primavera. ¡Qué piropo!, Sara me comenta que aquí la mujer blanca y gordita está muy bien mirada, que les gustan mucho…
Vamos a casa de Rosa. Una cabaña hecha con tablones de madera y techo de nipa, la nipa son hojas de palmera cosidas. Está limpiando el pez espada que ha comprado la Consejera por la mañana. Viven las dos juntas. Cuando acaba de limpiar el pescado se pone a pelar cacahuetes y yo la ayudo. Al poco rato me invita a entrar en su cocina, me la quiere enseñar.
La Consejera está echada en la cama, por lo visto no se encuentra demasiado bien. La cama sólo es una estructura de tiras de bambú. No hay colchón ni ropa, está echada directamente sobre la madera. Rosa me comenta que por las noches no duerme bien porque se ahoga.
En el medio de la estancia hay el fuego, en el suelo, siempre encendido. Encima de él hay una rejilla colgada del techo y a la altura de la cintura de una persona, y encima de esa rejilla hay el pescado que han limpiado. Lo están ahumando para conservarlo, ya que aquí no hay neveras.
Me muestra cómo muele el cacahuete. Lo hace en cuclillas y con una especie de bola de madera va machacando los cacahuetes encima de un pequeño taburete con forma de cuenco. Me pregunta si lo quiero hacer yo. Parece fácil, pero no lo es, cuesta mucho, y eso que ella lo hace rápido y muy bien.
Al cabo de un tiempo vamos hacia su finca, atravesando por medio de la selva. Allá no dejan entrar a los blancos. Todo es frondoso, no hay camino, pero Rosa nos guía con paso firme.
Al salir nos han dado un machete de unos 70-80 cm. A cada una. Llegamos a un riachuelo. Dice que esto es la parte estrecha de un río y es el mejor sitio para pasar. Primero pasa ella descalza, con los pies dentro del agua y a nosotras no nos deja pasar. Cuando llega al otro lado saca de detrás de unos matorrales un tronco de árbol y lo coloca entre los dos márgenes para hacer un pequeño puente, como ve que el tronco es estrecho y tenemos que hacer equilibrismos para mantenernos encima saca otro tronco y lo pone al lado del otro. Ahora es más fácil pasar sin mojarnos los zapatos.
Después de andar un buen trecho llegamos a un claro del bosque. Me explican que esto lo han hecho los hombres del poblado: cortan cocoteros, palmeras, todo árbol y dejan que después vayan las mujeres y “chapeen” que es limpiar de hierbas y matojos todo el terreno, y después estas mismas mujeres plantan yuca, cacahuete y maíz.
Nosotras también vamos a “chapear” un trozo de terreno y plantamos cacahuete, yuca y maíz.
Rosa, la nativa, dice que este trozo de terreno lo regala a Sara para que ella sea la propietaria y tenga su propia finca. Sara se pone muy contenta. Yo pregunto cómo sabrán los demás que esto es de Sara, y me explica que aquí todos respetan el trozo que cada uno limpia y siembra, y los del poblado saben que este trozo no lo han limpiado ellos y no lo tocarán. No hay separaciones, pero cada uno sabe el trozo que le corresponde.
Sara quiere que le haga fotos con su terreno. Está contenta porque alrededor de su casa se ha hecho un poco de huerto, pero como está cerca de la playa hay mucha arena y no puede plantar demasiadas cosas. Ahora si es una “terrateniente”.
Hemos recogido madera para Rosa, para su fuego. La hemos puesto en los enkues, que son cestos grandes que se llevan colgados en la espalda como mochilas.
Mientras íbamos recogiendo y troceando ramas de árbol, Rosa ha empezado a pelar una palmera de unos cuatro metros de altura, hoja a hoja, con su machete. No puedo entender como una persona tan delgadita, no demasiado alta, y de una cierta edad tiene esta destreza y nervio para hacer este trabajo tan pesado, y lo ha hecho en aproximadamente diez minutos.
Cuando ha quedado todo el tronco limpio lo ha vaciado. De dentro ha sacado un gran trozo de pulpa de un color blancuzco. Dice que esto es el “corazón de palma”, lo que en España se llama palmito. Esto sólo lo preparan aquí para las grandes celebraciones, ya que es muy costoso de sacar, pero ella nos ha dicho que es su regalo para nosotras porque la hemos ayudado y lo va a preparar para nosotras. Es un honor.
De vuelta llevamos los enkues entre Sara y yo. Rosa lleva en la cabeza el cuenco vacío donde llevaba los cacahuetes que hemos sembrado. Pasamos otra vez por el riachuelo. Volvemos a hacer fotos. Cuando ya he pasado me preguntan si estoy bien, contesto que sí, que porqué me lo preguntan. La respuesta es que este riachuelo está lleno de cocodrilos, que si me fijo alrededor es pantanoso. Me lo dicen cuando ya he pasado porque pensaban que si me lo hubieran dicho antes no me hubiera atrevido a pasar.
Cuando llegamos a la casa de Rosa tenemos la sorpresa de que mientras nosotras estábamos en el interior de la selva la consejera nos tenía preparada la comida, arroz y el pez espada que había comprado esta misma mañana delante nuestro a los pescadores. Yo no me atrevía a comer porque sabía que era su comida, pero Sara me ha dicho en catalán, para que ellas no entendieran lo que me decía, que no lo podía rechazar, que lo había cocinado para nosotras y sería un desprecio muy grande, que cuando dan algo lo hacen de corazón. Comemos con los dedos mientras ellas se sientan delante de nosotras y nos miran. Yo no tengo valor para continuar sabiendo que ellas no van a comer, pero Sara insiste porque dice que si no se ofenderán. Como un poco más, cuando acabamos nos traen un racimo de plátanos pequeños acabados de coger del platanero. Están en su punto de maduros. Buenísimos!!!
Nos despedimos y yo, para agradecerles su hospitalidad me quito mi camiseta estrenada hoy mismo y se la regalo, ya que ella va pobremente vestida.
Volvemos andando por la playa hacia la casa de Sara, hay un buen trecho. Nos esperan las langostas. Casi al tiempo que llegamos también lo hace Rosa Chito que viene de Ukomba y se queda a comer con nosotras. Como nosotras estamos muy cansadas le decimos que cocine ella, ya que nosotras ya no tenemos hambre después de lo que hemos comido.
Yo no tengo hambre, pero Sara tiene un “saque” que por lo visto no ha llenado en casa de Rosa la nativa, porque cuando ve lo que prepara Rosa Chito vuelve a comer. Hay yuca fermentada, envuelto de cacahuete, gambas de río y las langostas. Yo pruebo la comida típica de aquí, aunque Rosa se niega a probar la yuca fermentada, que consiste en raíz de yuca que ponen dentro del río durante unos días hasta que se ablanda y luego la cuelgan para que se seque. El olor que hace no es agradable, una mezcla entre descompuesto y ácido. El aspecto me recuerda a un nabo cuando lo sacamos de dentro del caldo después de hervir 3 horas. El sabor es insípido, lo realmente desagradable es el olor. El “envuelto de cacahuete” es una bola de cacahuete muy prensado y no sé si está mezclada con alguna otra cosa y lo envuelven con una hoja de platanero, recuerda mucho al “foie-gras”. Las gambas de río no son otra cosa que cangrejos de río que aquí les llaman gambas por su aspecto.
A medio comer viene un hombre del poblado enviado por Rosa la nativa para traernos el “corazón de palma” preparado por ella.
Recogemos la cocina y hago la maleta, ya es hora de volver a Ukomba antes de que suba la marea. Es que aquí no hay caminos para ir de un poblado a otro, o hay que ir por la selva o por la playa, y lo más sensato y cómodo es por la playa.
Vamos andando durante 5 ó 6 km. Rosa se burla de mí, dice que le da vergüenza ir por estos lugares con una maleta tan “guay” y un neceser a juego. Dice que parecemos “giris” totales. Nos reímos mucho. Ella me ayuda a llevar la maleta a peso, porque las ruedas de la maleta se hunden en la arena. No quiere que me canse, que sea obligación de ella de cuidarme. Sara se aparta de nosotras haciendo ver que no nos conoce. La verdad es que destacamos muchísimo de los demás nativos que se cruzan con nosotros.
Llegamos a la primera carretera donde llegan los taxis. Es la zona donde están haciendo una ciudad para los americanos que vendrán a trabajar para hacer pozos petrolíferos. Nos quedamos aquí a la espera de que llegue algún taxi que traiga a alguien y nosotras haremos el trayecto de regreso. Nos despedimos de Sara.
El taxista baja del coche cada vez que ve a alguien conocido y se pone a hablar con él. Aquí es así.
Cuando llegamos a la misión Rosa va a comprar verdura y yo me quedo para ducharme y descansar. El camino ha sido largo, una hora y cuarto andando rápido por la arena para que no se hiciera de noche es muy pesado, agravado por el mucho calor que hace aquí.
Ha venido Daniel para preguntarme cómo he pasado estos dos días en Mukorasi y hemos hablado largo y tendido sobre la cultura y costumbres de este país, casamientos, hijos, relaciones sexuales, brujería, gobierno, juventud, policía, misioneros…
Me dice que soy una privilegiada, que los turistas no pueden hacer esto de entrar en los poblados, en sus casas, compartir su comida y sus costumbres.
Cenamos y vamos a dormir. Pasamos muy mala noche, los perros de la casa están en celo y no paran de gruñir, ulular y ladrar. Me levanto a las tres de la madrugada y les echo un cubo de agua, pero no sirve de nada. También se levanta Rosa y va a Antonio, el vigilante y le pide por favor que haga callar a los perros, ya que no podemos dormir. Él viene a nuestra terraza y hace la vigilancia desde aquí y así dejan de ladrar. Por fin podemos dormir.

Miércoles 2 de abril
Por la mañana desayunamos y vamos con Ester, la esposa de Daniel, a comprar al mercado de la ciudad de Bata.
Pequeños puestos de madera con pasillos muy estrechos, puestos de fruta tropical, de pescado y también puestos de caza. Aquí hay monos de todos los tamaños, algunos pelados y otros aún con su piel. Me dicen que esta raza se llama “Mono mecánico”, algunos están en el suelo y otros colgados. Hay antílopes pequeños que parecen “Bambi”, no deben de pesar más de 2 ó 3 kg. Veo el primer cocodrilo vivo, atada la boca y las patas con cuerdas, debe de hacer 70 cm de largo. Más adelante hay dos crías de cocodrilo que no alcanzan el medio metro. También hay una tortuga que mide aproximadamente 40 cm.
El olor que hay aquí es horrible.
No nos entretenemos demasiado, ya que los vendedores nos miran con mala cara, ni pensamientos de hacer aquí fotos.
Nos paran tres policías, dos son mujeres y uno hombre, nos saludan estrechándonos la mano. Pienso que conocen a Ester, pero después ella me dice que no, que ella creía que se acercaban para pedirnos la documentación o el pasaporte, pero no lo han hecho.
Vamos a comprar artesanía en madera, postales hechas con alas de mariposa, mapas de África en carey y una pulsera de pelo de cola de elefante. Hemos regateado mucho. Creo que lo hemos comprado a buen precio. Fernando en España me dijo que teníamos que dividir el precio que nos pedían en cuatro y así sabríamos el precio justo que deberíamos de pagar. También hemos comprado dos vestidos. Uno de ellos me servirá para volver a Barcelona vestida de guineana.
Cuando estamos a punto de volver a Ukomba cae una tromba de agua. Eso provoca que el calor aumente. El suelo quema y de él sale vapor, ya que el agua al llegar a la tierra caliente se evapora y eso provoca ese humo.
Comemos en casa de Daniel y Ester, y todo seguido vamos a Ncolombo donde está el Seminario Bíblico donde se imparten clases para preparar a chicos para que ellos a su vez puedan servir de ayuda a su gente. Está en el interior. Suerte que vamos en Jeep, ya que los caminos son casi intransitables. Las lluvias torrenciales de aquí provocan en los caminos unos surcos profundos por donde se cuelan las ruedas y el coche queda casi de lado. Hasta es peligroso ir a pie.
Pasamos la tarde en la finca donde está el Seminario donde se hace clase y también viven los estudiantes. Hasta podemos asistir a una clase impartida por Jazmín.
Cuando acaba la clase Jazmín nos invita a beber agua fresca en su casa. Después vamos a visitar a un matrimonio, él es el director del Seminario. Han tenido una hija hace sólo 23 días y estamos un buen rato reunidos charlando en la habitación de la niña. Es una estancia muy bonita. Está pintada en un color crema y hay una cenefa de ositos dando la vuelta en la parte de arriba de las paredes. La cuna es de madera de un color rojizo, como todos los muebles que hay y tiene una mosquitera. Los cojines de las sillas también están hechos con tela estampada con animalitos. Aquí también nos ofrecen agua fresca. Es lo que más se agradece, ya que hace muchísimo calor.
En Guinea eres bien recibido en todas las casas. También visitamos a unos misioneros que llegaron ayer. Son brasileños y tienen una niña de tres años. El perro de la casa ha tenido cachorros hace pocos días y tanto Aída, Laia como la niña de la casa los traen por la calle de la amargura. Los cogen por el cuello, por la cola… como si fueran de trapo.
De vuelta nos dejan en la ciudad. Hay basura por todos lados y centenares de personas por doquier. Las calles son oscuras, no hay alumbrado, pero cuando te acostumbras a la oscuridad empiezas a ver. No paso miedo porque Rosa me dice que aquí no hay delincuencia, que los únicos ladrones que hay los conocen todos. Debe de ser verdad, pasamos por calles y calles completamente a oscuras, nos cruzamos con muchísima gente, pero como son de piel negra casi no se ven, sólo se destaca un poco la ropa de colores que llevan. Nadie nos dice nada.
Vamos al Pizza Mar a cenar, aquí es un lugar típico donde van los blancos. Aprovecharemos para ver el telediario, ya que en este bar hay televisión y tienen conectado el TV1. Cuesta oírlo porque estamos al lado del mar y se escuchan las olas, a más a más tienen música puesta y con tanto ruido hemos de intuir lo que se dice más por las imágenes que por lo que se oye. Terenci Moix ha fallecido. De Raphael dicen que le han quitado la respiración asistida después de ser operado hace días. No sabemos si es porque está mejor o peor. También vemos imágenes de la guerra en Irak.
Reímos porque entra una pareja, ella muy joven y guapa y él blanco y bastante mayor, haciéndose arrumacos. Hay muchos hombres blancos, aquí se reúnen y comen. Son trabajadores de alguna empresa española que están haciendo faenas aquí en Guinea. Todos los blancos se saludan. A nosotras también, se acercan a nuestra mesa y charlan con nosotras. Muchos de ellos conocen a Rosa desde hace tiempo. Me presenta y también me saludan.
Pedimos Pizzas y CocaCola helada. Tienen mucho cuidado de limpiar delante de nosotros la lata y nos la sirven en el vaso. No queremos cubitos de hielo, ya que son un peligro de que estén hechos con agua contaminada. Nos traen de aperitivo mientras esperamos un plato con cacahuetes.
Después de cenar, al salir, un señor blanco, conocido de Rosa nos pregunta si nos puede acompañar, que aunque no sea la ruta que él tiene que hacer no le importa llevarnos. Es el director la de empresa Don Simón, que tiene vinos, zumos y agua embotellada y lleva un tiempo aquí en Guinea. Esta noche ha venido aquí a comprar pizzas para llevarse. Nos hace una invitación para visitar su empresa ahora, pero le decimos que es demasiado tarde, que otro día, ya que son las once de la noche. Nos lleva hasta la misión en Ukomba y da media vuelta.
Entramos y vamos directamente a casa de Daniel y Ester y encontramos a Belkis cenando con ellos. Rosa no recordaba que esta noche la teníamos de invitada a nuestra casa y que se quedaba a dormir. Sin querer la habíamos dejado “plantada”. Le pedimos disculpas y hemos continuado con ellos de charla hasta las 12,30. Hemos hablado de la vida de los misioneros en la República Dominicana (Belkis es dominicana). También nos explica sus aventuras y desventuras vividas aquí en Guinea. Hay una de “horrorosa” que le ocurrió ayer. Suerte que no era ella la que conducía el jeep de la misión, porque un taxi topó con ellos y la cosa se puso mal, ya que aquí provocan cualquier accidente para que sacarte dinero dándote la culpa a ti que eres blanco, y sus conciudadanos se ponen de parte del nativo para apoyar al provocador. Con eso consiguen muchas veces sacar cantidades grandes de dinero en connivencia con la policía. Suerte que el dueño de una tienda de víveres que es libanés y lleva tiempo viviendo aquí ha salido para protegerla y arreglar el problema.
Después nos hemos puesto a probarnos ropa y disfrazarnos y nos hemos hecho un hartón de reír. A la una nos hemos ido a dormir.

Jueves 3 de abril
Me he levantado a las 6.30. Aquí hace tanto calor que cuesta dormir.
Esta mañana tengo que ir con Belkis a ver su campo misionero y conocer lo que ella hace.
Hemos ido a un poblado del interior que se llama Mbangan donde se encuentra la Misión Amemos. Unas escuelas abiertos por los misioneros. He conocido a los profesores y he ido a todas las clases. Los niños me preguntaban como me llamaba y de dónde venía. He estado toda la mañana con ellos.
A la hora del patio me ha sorprendido que hubiera parejas de niños aguantándose uno a otro el párpado superior para que el ojo quedara abierto, y una niña apretaba la nariz de otro niño, y este mismo niño apretaba la nariz de la niña con la intención de que no pudieran respirar por la nariz. He preguntado a Belkis por qué hacían eso y me ha contestado que estaban castigados y uno hacía cumplir el castigo al otro. Curioso. He hecho fotos de eso y de los niños, tanto a las clases como en el patio. Les gusta que les hagan fotos. No tienen y te preguntan si les darás una copia.
Me ha sorprendido un profesor que lleva una camiseta del Club de Fútbol Barcelona (Barça). Cuando le preguntado me ha dicho que se las envía un amigo de Mataró, que hace años que se escribe con él, y que de España sabe poca cosa, pero que le habla del Barça, que le explica como va la liga de fútbol, cómo se llaman los jugadores, el entrenador, etc. etc. También dice que este amigo tiene previsto venir en el mes de diciembre a conocerle. Este profesor se llama Cosme, hemos estado más de una hora hablando. Ha sido muy interesante. El régimen de Obiang no le deja trabajar como profesor y tiene que estar aquí en la Misión. Me explica que está condenado a muerte por ir en contra de la política del dictador Obiang. Está en contra que se tenga que pagar una dote para casarse con la mujer guineana. Me explica todo tipo de detalles sobre intimidades de la cultura de ellos. Formas de hacer que está convencido que son malas para su pueblo y sus gentes. Habla sobre la mujer, los hijos, la dote, la sexualidad, etc. Dice que está acabando de escribir un libro que ya tiene título: “Cartas a una mujer guineana”. Le gustaría que se publicase. También me explica que en las próximas elecciones se presentará, que tiene mucha gente que le apoya. Que si muere por defender sus ideas no le importa, que cree que lo que está haciendo es bueno para su pueblo, y que alguien tiene que levantarse para decir las verdades, y si él es el que tiene que dar su vida por sus ideales, lo hará.
Todo eso me lo dice encerrados en un despacho. No quiere que sus compañeros le escuchen, porque no sabe si se puede fiar de ellos. También me dice que eso no lo saben los blancos, porque son cosas privadas que no se explican a los extranjeros, pero que me lo cuenta porque me ve como una hermana. Las tradiciones y cultura de ellos no la dan a conocer a los extraños.
Él vive en una casa aparte con su mujer, que no es su esposa oficial porque no ha pagado la dote, por ello también están mal vistos por la familia, por los vecinos y por el estado.
Se ve inteligente. Me impresiona verle tan comprometido con la libertad de la mujer, su reputación de la mujer y su moral.
Me llevo un buen recuerdo de él. Nos hemos hecho una foto juntos y le he prometido que se las enviaré. Puedo dar fe que le recordaré muchos años. Después Belkis me ha llevado a dos escuelas más: una en Bomiedi (Centro escolar el Buen Maestro y otra en Los Coros (Centro Amiguitos de Jesús).
Con el jeep conducido por un conductor de la misión, con gorra que parece militar y una cara de “pocos amigos”, hemos llevado a Lupercio hasta un cruce de carreteras y después teníamos que ir al mercado. Como que todo el día hemos estado acompañadas por Lupercio y por el chofer, por la mañana ya habíamos ido a un mayorista a comprar arroz para los niños de las escuelas, me he atrevido a preguntar si él haría alguna foto a los cocodrilos en el mercado. No ha contestado, pienso que no le ha hecho gracia. Aparca en la calle del mercado y dice que no bajemos. Baja él, da la vuelta al coche y se acerca a mi ventana y me dice que le dé la máquina de fotos, que no podemos ir juntos porque pensarían que la maquina sería de un turista y eso podría ser peligroso. Se la doy y saca la funda y me la da. Le digo como funciona, porque aquí no tienen máquinas de hacer fotos. Se lo tengo que explicar una poco a escondidas, porque veo que él va mirando por todos lados, receloso. Se la mete en su bolsillo y se pone a correr perdiéndose entre medio de la gente que pulula por el mercado. Al verlo correr de esa manera pienso: “Ya me ha robado la cámara”.
Al cabo de un rato bajamos del Jeep y nos dirigimos hacia el mercado. Vamos mirando tiendas de ropa y al cabo de unos minutos vemos que viene el chofer y nos dice que hoy no hay cocodrilos, que sólo hay monos y antílopes. Le digo que no importa, que haga alguna foto donde pueda. Hemos aprovechado que veníamos hoy al mercado para traer al mercado, el vestido que el otro día me compré y me iba una poco estrecho. Es curioso, porque a la entrada del mercado hay unos hombres, cada uno con una máquina de coser donde confeccionan ropa al momento y también venden telas a metros o en pieza. Le hemos dado mi vestido para que lo ensanche. Lo pasaremos a recoger dentro de un rato.
Pasan casi 20 minutos cuando nos vuelve a encontrar el chofer y nos dice que sólo ha hecho cuatro de fotos. No me devuelve la máquina ni me dice nada. Pasamos a recoger el vestido y me cobran 500 FC (125 pesetas al cambio = 0,75 €).
De vuelta en casa, Rosa dice que la máquina de fotos la lleva ella en el bolso, que el chofer, disimuladamente se la ha dado. Es que realmente es peligroso hacer fotos por aquí. Hay mucha policía y mucha secreta que va de paisano.
Cuando los de la misión se enteran que la Mary, yo, tiene posibilidades de tener alguna foto del mercado corren a pedirme copias. Daniel y Sara que llevan siete años aquí aún no habían conseguido ninguna.
El chofer ha marchado y Rosa y yo hemos continuado las compras por Bata. Hemos adquirido una bandeja con frutas hechas en distintas maderas de árboles, una pulsera de pelo de cola de elefante y un colgante en forma de mapa de África en carey. Hemos vuelto a regatear y he conseguido que me regalen 2 anillos también de carey.
Hemos vuelto a casa y hemos almorzado con Daniel y Éster.
Por la tarde hemos ido a Ntobo, donde estuvimos el domingo. Van a dar clases de alfabetización a las mujeres del poblado: las enseñan a leer y a escribir. Al llegar vemos que no hay ninguna mujer y unos chicos nos comunican que todas las mujeres del poblado están convocadas a una reunión con alguien del gobierno de Obiang. Se ve que viene de visita a Bata una autoridad y quieren que las mujeres preparen bailes tradicionales. Al poblado solamente han quedado los hombres, las chicas jóvenes y los niños. Rápidamente nos rodean los niños y las jóvenes. Como que ya me conocen del domingo me preguntan cosas: si estoy casada, si tengo hijos, cómo es que he venido sola. No entienden que teniendo marido viaje sola...
Les enseño la foto del Rubén y la Marta, mis hijos. Las jóvenes gritan y dicen: “Oh, chico guapo sexy... Oh!!!”. Y corren hacia las casas para enseñar la foto a los chicos del poblado.
Cuando vuelven les enseño que detrás de la foto de mis hijos hay una foto de familia donde se encuentra también Félix (mi esposo), Ramona (mi madre) y Llamp (mi perro).
Ah, lo más alucinante es cuando ven a mi madre, una señora que por su edad (90 años) tiene el pelo blanco. Como que aquí la media de vida viene a ser de 50 años, no están acostumbrados en ver personas con canas. Pues gritan y hacen muestras de sorpresa gritando: “Ah, la mujer de Titánic, la mujer de Titánic!”. Yo insisto que es mi madre, que no tiene nada que ver con la mujer mayor que sale explicando su vida en la película “Titanic”, pero no hay manera. Van de casa en casa gritando que tienen una foto de la mujer de Titánic. Además, no sé como han visto la película por más que lo pregunto, están tan nerviosas con la foto que no me responden.
Están tan ilusionadas con la fotografía que les digo que si se la quieren quedar. Una de ellas dice que sí y la oprime contra su pecho. Como que hace tanto calor, el mismo sudor hace que el plástico de la foto quede enganchado a su piel y le queda colgada del cuello como un relicario. De vez en cuando paran, hacen un círculo y se la miran y cuchichean.
La foto se la ha quedado Felicidad, Merina me ha pedido el abanico, y también se lo he regalado. No tienen nada. Dan ganas de dárselo todo.
Aprovechamos que estamos allí para ir al local de la iglesia y cantar. Vienen las jóvenes y los más pequeños. Al rato empiezan a venir los chicos mayores. Oyen cantar y vienen porque allí gusta mucha la música.
De vuelta pasamos por un artesano para ver artesanía en madera. Compro un par de tallas de guineanos y me regalan un abre-cartas. Nos atiende un niño que no debe de tener ni doce años. También hay una mujer con un niño pequeño colgado del cuello, aunque el negocio lo hace el niño que nos ha atendido. Cuando hace la cuenta se equivoca y nos dice de menos, pero Rosa dice que está mal, nos cobraba 10.000 FC de menos. Les tenemos que enseñar que se debe ser honrado. El niño no dice nada, pero nos mira con agradecimiento.
También hemos ido buscando un instrumento musical para mi hijo Rubén. Nos lleva de cabeza, porque cada vez que salimos buscamos pero no encontramos nada. Se ve que estas cosas las hacen por encargo, ya que aquí no hay tiendas que se dediquen a vender instrumentos musicales
Volvemos a casa, cenamos. Rosa ha traído de casa de Daniel una película, ya que hoy hay luz la miraremos, pero aprovecho que tenemos luz para ir a casa de Daniel a hacerle un trabajo con ordenador que me había pedido si lo podría hacer. Se hace tarde y cuando vuelvo Rosa ya está en la cama durmiendo. Me ducho para refrescarme y poder ir a dormir un poco más fresca, pero no hay manera, acabas de ducharte y el sudor vuelve a caer por la espalda. El camisón se engancha y las sábanas también. Es agotador y estresante el calor que hace. El dormir también se hace difícil.

Viernes 4 de abril
Hoy tengo que ir a la “pelu” a hacerme trenzas, comprar el resto de encargos e ir en confirmar el billete de vuelta.
A la “pelu” he ido con la Rosa. He llegado a las 10 de la mañana. No es la peluquera de siempre, se ve que ha marchado a otro país. Ahora la que hay es de Camerún y no habla nada de español. Por señas le decimos que quiero trenzas. Hemos da a entender que tiene que poner postizos porque si no, al ser blanca y tener el cabello tan fin tienen que poner postizo para tapar la cabeza. Dice que la mano de obra son 12.000 FC (3000,- Ptas.) y que cada postizo 1.500 FC y que seguramente necesitaré 3 postizos. Rosa marcha, dice que aprovechará para ir a Spanair, para confirmar mi vuelo de vuelta y para comprarme un pañuelo para la cabeza que haga conjunto con el vestido de guineana.
Al ninguno de un rato me lleva una botella de agua fresca y naranjas. Es que tengo casi para unas 6 horas.
De vez en cuando, Rosa, vuelve para ver como va mi peinado. Mientras tanto, ella va haciendo los encargos que tiene.
A la una de la tarde tengo ganas de ir al lavabo. Me he tomado un diurético, ya que tengo las piernas muy hinchadas por el calor.
Como que la peluquera no me entiende le tengo que decir con gestos que tengo que ir al lavabo.
Salimos de la peluquería, subimos unas escaleras y pasamos por un pasillo como el de las películas del Bronx. Gentes de color apoyadas en las paredes. Todo muy sucio. Basura por los suelos. Las paredes parece ser que hace mil años que las pintaron.
El lavabo, por nombrarlo de alguna manera, es una taza sucia en un “cuartucho” donde en las paredes hay agujeros por donde se ve la calle. Tengo que tirar agua con un cubo.
Volvemos a la peluquería. Hace mucho daño cuando trenzan. Tienen que enganchar mi cabello con el postizo y retorcer. Tengo toda la cabeza dolorida, pero quiero integrarme a la cultura guineana. A las 16.30 terminamos.
Rosa hace rato que está conmigo. Vamos a casa en taxi, siempre en taxi, aquí no hay autobuses ni ningún otro medio de transporte. Cuando subes al coche te tienes que encomendar a todos los santos, ya que conducen muy mal, y si es de noche muchos taxistas van bebidos. Además, los taxis no son exclusividad de un cliente, sino que a medida que van avanzando en su camino hay gente que los para y sube. Da lo mismo si ya son 5 ó 6 personas. Hemos llegado a ir 7 y el taxista.
El almuerzo nos está esperando en la casa de Daniel y Ester. Ellos hace rato que han almorzado, pero nos lo han dejado preparado.
Cuando acabamos de comer nos volvemos a marchar. Vamos a un poblado lejano donde Daniel dice que hay un artesano que hace tambores, que en alguna ocasión le han comprado, aunque es una persona informal, ya que un año vinieron unos misioneros y le encargaron unos cuantos, dieron anticipo en dinero y no los hizo. Tuvieron que marchar sin el tambor ni el dinero.
Daniel nos acompaña con su jeep hasta un cruce donde cogemos un taxi. Cuando llegamos y encontramos al señor que los hace dice que en este momento no tiene de hechos, que lo tengo que encargar y nos pide 15.000 FC, regateamos y el precio final es de 13.000 FC, pero que le debemos dar 6.000 por anticipado. Que lo tendrá dentro de unos días. Le decimos que hoy es viernes y que yo el lunes marcho hacia España. Dice que es muy precipitado, que ha de ir al interior de la selva a buscar el árbol, cortarlo, vaciarlo, poner la piel y acabarlo, que hay poco tiempo. Reconozco que si que es poco tiempo, pero él dice que si le damos la paga y señal lo hará. Que el lunes a las 12 del mediodía podemos ir a recogerlo. No me fío pero lo debo probar. Rosa me dice que esto no me quite el sueño, que si el lunes no lo tiene ella vendrá cada semana a reclamarle y me lo traerá en junio cuando ella vuelva a España. Doy un anticipo y quedamos un rato hablando con él. Me pregunta cosas de España y va a su huerto y nos regala toda una bolsa llena de naranjas.
Volvemos a casa, yo voy algo decepcionada pensando que no tendré el regalo para Rubén.
Nos arreglamos. Esta noche hay una fiesta de despedida en casa de unos misioneros americanos. El lugar es precioso. Ya es de noche y el cielo aquí en Guinea es increíble. Se ven las estrellas y los cometas como si estuvieran en tres dimensiones. Estrellas que se ven más próximas unas que otras. La luna aquí también es especial. Queda de una forma que nunca había visto en España: como una sonrisa.
Hay dos matrimonios que han acabado su estancia como misioneros aquí en Guinea y vuelven a su país. Todos los misioneros de Guinea se han concentrado. Me presentan y hablo con muchos de ellos, aunque es difícil quedarse con los nombres de cada uno. Todos traen comida y una vez en la casa se deja en unas mesas y cada uno coge lo que quiere. Todo se reparte. Al acabar de cenar cantamos y Rosa coge la guitarra y nos animamos todos a colaborar.
Volvemos a casa con el jeep de los americanos de Project. Como que somos bastantes en el coche, Belkis, un americano y un joven sudamericano han subido en la caja trasera del jeep. Como el camino es muy malo van dando bandazos en el remolque. A medio camino notamos que pican en los cristales: es Belquis que se ha dejado el bolso con la documentación en la casa. Debemos volver. Al fin llegamos donde debemos dejar a Belkis, que es la primera en bajar.
Esta noche Jazmín y Sara se quedan a dormir en nuestra casa. Belquis no ha podido porque esta semana también marcha hacia su país y debe preparar algunas cosas.
No tenemos luz, para variar. Daniel pone un rato el generador para que una fase de la casa tenga luz, puesto que no hemos tenido ningún día y Rosa debe mirar si hay algún mensaje de correo por Internet y así también podemos aprovechar para planchar, puesto que aquí la roba se debe de planchar toda para eliminar las larvas de una mosca que pone sus huevos en la ropa húmeda. Esta larva entra en los poros de los humanos y va creciendo dentro.
Charlamos y a las 12 vamos a dormir.
Paso muy mala noche, las trenzas hacen daño y no puedo conciliar el sueño. Me tomo un Gelocatil pero no hay nada a hacer. Es como dormir encima de agujas.
Siento cantos en alguna casa cercana. Cantos en idioma fang y parece que hacen golpear palos.
Los cantos y los golpes cesan cerca de las 3 de la madrugada.

Sábado 5 de abril
Jazmín ha dormido en el comedor por si allí se estaba más fresco que en las habitaciones.
Por la mañana nos despierta un olor dulce, y es que ella se ha levantado temprano para sorprendernos con unas deliciosas Pankekas, que son unas creps típicas de su país. Desayunamos.
Esta mañana vamos A Utonde. Quiero ver los manglares que es donde habitan los cocodrilos.
Contratamos un kayuco, que es la típica barca de los pescadores. Hablamos con el dueño y nos pide 4.000 FC por llevarnos a tres. Vienen dos chicos que harán de "gondoleros".
Nos llevan río arriba, a los manglares. La vista es preciosa. Yo quiero entrar en la zona pantanosa para ver de cerca los cocodrilos, pero Rosa tiene miedo, puesto que el cayuco es muy bajo y cualquier movimiento puede hacernos zozobrar. Se niega en redondo.
En medio del río hay como una playa de arena, pedimos que acerquen el cayuco allá y bajamos. Hacemos fotos que después trucaremos por ordenador para hacer ver que andamos sobre el agua. Somos unas tramposas.
Moverse dentro el cayuco es muy problemático, puesto que tiene poca estabilidad y está el peligro de los cocodrilos, pero nos lo tomamos muy bien. Hace mucho sol y quema. Con las manos cogemos agua del río y nos la echamos a la espalda y a la cabeza para refrescarnos.
durante la travesía vemos pájaros pequeños con plumajes de muchos colores. Cuando preparo la máquina para fotografiarlos ya han volado.
De vuelta, vamos en taxi a casa de Jazmín, en Ncolombo. Nos ha invitado y ya tiene la comida preparada. La casa es muy acogedora.
Lo pasamos muy bien. Aquí podemos beber agua fresca porque tiene luz y la nevera funciona. Se agradece algo fresco ya que por falta de electricidad siempre nos la tenemos que beber templada por el calor.
Mientras Jazmín recoge la cocina voy a probar su cama. Tiene un colchón de agua, puesto que la ha heredado de un misionero inglés. En la habitación tiene una cosa extraña, como si fuera una piedra y le pregunto qué es, y me dice que una muela de elefante. Pesa un par de kilos y es enorme. Pido hacerme una foto con la muela y Jazmín se pone detrás en plan de broma con un pañuelo donde está pintada la imagen del presidente del país: Obiang.
Al marchar, Santiago, un negro que ya conozco y que tiene una sonrisa preciosa, nos acompaña para llegar a la carretera y coger un taxi. Él conoce todos estos caminos y por lleva por atajos para llegar antes.
Cogemos un taxi que nos trae a casa, nos arreglamos y vamos al Pizza Bar. Aprovechamos para ver el telediario y las noticias recientes.
Aquí, como que no hay radio ni periódicos, debemos ir al Centro Español, o aquí al Pizza Mar que tienen antena parabólica y podemos ver TV1, con muchas interferencias pero de alguna cosa nos enteramos.
Llega una chica, que es arquitecta, con un compañero de trabajo y se sienta con nosotras en nuestra mesa. Cuenta que está trabajando en una empresa española que está haciendo un encargo aquí a Bata.
Van entrando más españoles y se sientan con nosotros. Juntamos dos mesas. Continúan entrando españoles, nos saludan, hablan algo con nosotros pero como que no hay más sitio para añadir más mesas se van a una más apartada. Llega el cónsul español con su mujer destinados aquí a Bata. Es joven, no debe tener todavía 30 años, es rubio y trae barba descuidada. Va vestido un poco desaliñado, como de andar por casa, los que le acompañan van más arreglados que él mismo, su esposa tampoco va demasiada aseada. Saludan y se sientan a la mesa de los otras españoles, en la nuestra no caben. Alguien de nuestra mesa comenta que es el primer destino que tienen después de terminar la carrera diplomática.
Llega Sara, Belquis y los dos americanos de Project. Estos sí que se apretujan para hacerse un lugar en nuestra mesa. Estamos demasiado juntos y hace mucho calor, tanta que me pica todo el cuerpo. Parece que tenga hormigas corriendo por dentro de mi torrente sanguíneo.
Comemos pizza y bebemos Coca-Cola fresca. Antes de acabar de cenar me llama Félix, mi esposo, al móvil y oye la música estridente que hay puesta en el restaurante se piensa que estamos en una discoteca. Es que hace un rato ha llamado a Daniel y él, en broma, le ha dicho que estábamos de juerga, y como me siento tan feliz en Guinea me estoy planteando no volver a España. Félix hace ver que está preocupado de que pueda ser verdad, aunque él sabe que nunca le voy a abandonar, le quiero demasiado.
Estamos ahí hasta medianoche. Marchamos creyendo que alguien de los comensales, al menos el de Proyect, nos acompañarán a casa con el jeep, pero parece que tienen intención de ir de copas y no nos dicen nada. Buscamos un taxi y vamos a casa. El taxista va bebido y el trayecto es como ir en una atracción de feria: bandazos, cambios de carril, velocidad descontrolada... confiamos en que Dios guardará nuestras vidas.
Como que tenemos todavía ganas de broma, encendemos unas velas y nos ponemos a bailar "La Bomba", country, discoteca...
No puedo dormir, la cabeza me duele mucho por las trenzas y me paso toda la noche despierta.

Domingo 6 de abril
Después de desayunar vamos a Ivo Bar para recordar que iremos todos a comer al mediodía, que ya les avisamos pasado domingo. Pero Isabel, la dueña, no ha preparado nada, no lo recordaba. Ya me habían dicho que los guineanos son muy informales, parece que no ha tenido ganas de trabajar. De todos modos, me recuerda que tiene que regalarme un vestido. Me hace entrar en su casa y me hace poner un vestido y un pañuelo con la imagen de Obiang en la cabeza. Como una verdadera guineana, sólo que el color de mi piel es blanco. Le decimos que es que ahora vamos a la iglesia, pero dice que voy suficiente arreglada de esta manera.
También me regala aguacates gigantes de su patio y dice que mañana pasemos que cogerá de su finca un par de piñas para que me las lleve a España.
Cuando llegamos a la iglesia me quedo boquiabierta de lo arreglada que va la gente. Los días entre semana van muy pobremente vestidos, muchos descalzos, nunca me hubiera imaginado que tuvieran este tipo de ropas.
El grupo coral entra en la iglesia cantando y moviendo el cuerpo al ritmo de los tambores y otros instrumentos.
Después viene la alabanza de las mujeres acompañada del picar con cañas.
Empieza el culto a las 11 de la mañana, pero que no sabemos a la hora que va a terminar, puesto que aquí no hay horario, mientras la gente se levante para alabar al Señor, o dar un himno libremente, no se acaba. A veces son más de las 3 de la tarde.
Salimos a las 13.30 aprovechando que los niños salen y van a otro casa a hacer la Escuela Dominical, porque debemos volver a Ivo Bar para recoger las piñas y hemos de ir a casa porque no tenemos nada preparado para comer.
De todas maneras, comemos en la casa de Daniel y Ester. Han preparado saltamontes y cangrejos grandes.
Al atardecer vamos con Rosa a Acropole para cenar. Es el despido de Belquis y mía. Llegamos las primeras, al poco llegan Jazmín, Belquis y Andrew.
Pasamos una cena bastante divertida. Hay un guitarrista que siempre canta las mismas canciones. Los de una mesa cercana le invitan a cerveza. Se la bebe de golpe. Canta muy mal y la guitarra la tiene muy desafinada. Lo acompañamos cantando también nosotras. Al final Rosa le pide la guitarra para afinarla y aprovecha para tocar ella unas canciones, a la que nosotras le ponemos voz.
Invitamos a un bocadillo al cantante para que esté entretenido mientras Rosa tiene la guitarra y cantamos canciones nuestras, pero bien tocadas.
Cogemos un taxi para volver a casa. Vamos tantos que Rosa y Andrew se tienen que poner en el maletero. El taxista va bebido (por las noches es habitual que vayan borrachos) y conduce tan rápido que da miedo. Va por el carril contrario, y los coches que vienen de frente deben cambiar de carril y nos hacen luces de aviso para no chocar con nosotros. Llegamos vivas porque el Señor nos guarda.
Nos despedimos de Jazmín y de Andrew, ellos continúan el trayecto en el coche y nosotras entramos en casa.
Como hace tantos días que no tenemos luz, Daniel tiene piedad de nosotras y nos deja un generador. Ya tenemos luz a una fase, que es como decir a un enchufe de la casa. Aprovechamos para ver a través del ordenador una película de caballeros, cruzadas, en fin, de esas medievales que son un tostón, bueno, por lo menos a mi no me gustan, pero es lo único que tenemos. A media película se estropea y nos quedamos sin ver el final. Yo aprovecho y voy a dormir, pero con el calor no hay forma. Cada vez me hace más daño la cabeza. Parece que tenga alfileres clavados por culpa de las dichosas trenzas.
A las tres de la madrugada ya no puedo más, me levanto y me las voy deshaciendo una a una, menos la última de la dejo de muestra. Me pica todo el "caparazón". Termino a las 6.30 de la mañana. Ahora sí descanso. Voy a la cama y, al fin, duermo.

Lunes 7 de abril
A las 9.30 entra Rosa porque está preocupada. Como que todos los días me levanto antes de las 7 de la mañana, y siempre soy la primera, piensa que no me encuentro bien. Le digo que no pasa nada, que tengo sueño porque he ido a dormir a las 6.30.
Las niñas, Aída y Laia, acaban de llegar para que Rosa les de clase, aprovechan para ir al lavabo primero y salen gritando: ¡Mary se ha sacado las trenzas!, ¡Mary se ha sacado las trenzas! ¡Están en la papelera del lavabo! Ya sabe todo el mundo que vuelvo a tener el cabello liso de siempre.
Ahora sí que ya no puedo dormir con su griterío y me levanto.
Rosa dice que hoy acabará las clases con las niñas antes para poder ir a recoger el tambor que encargamos para mi hijo Rubén. Pensamos que no lo tendrá hecho.
Como que el poblado está muy alejado tendremos que ir en dos taxis, ya que no se alejan demasiado de donde viven, te dejan en el lugar más alejado que pueden, o tienen permitido, y allí tienes que coger otro taxi hasta el poblado al que tengas que ir.
Cuando llegamos a los alrededores de la casa no vemos nadie, pensamos que nos hemos equivocado y que ahí no es, todas las casas se parecen porque todas están hechas con parecidos materiales y muy precariamente. Entramos un poco hacia el interior de la finca y gritamos para que salga alguien. Repentinamente vemos, encima de una mesa del patio un tambor precioso. No podemos creer que sea el mío. Sale el artesano y con una media sonrisa me dice: "Tú no confiabas en mí, yo vi en tus ojos la mirada de la desconfianza, pero yo he cumplido, he trabajado duro para que veas que tengo palabra".
Le he sido sincera y le he dicho que no pensaba que estuviera hecho, le he estrechado la mano y he tenido que reconocer en voz alta que era un hombre de palabra y le he dado las gracias y le he pagado lo que restaba. Por fin Rubén tendrá el encargo que me había hecho: quería un instrumento guineano, no importaba cuál, pero hecho aquí. Suena bien. Marcho contenta abrazada al tambor.
Después pasamos por Ivo Bar para recoger las piñas prometidas. Isabel se hubiese enfadado si no venimos. Tenemos que esperar porque las hace ir a buscar al momento para que sean recién recogidas. No las quiere cobrar, dice que es un regalo para que mi familia pruebe las piñas de África.
Me despido y le digo que la escribiré. Lo haré.
Después vamos a la ciudad, a la oficina de Spanair para hacer el embarque, así avanzamos los papeleos de mi viaje de vuelta.
Aprovecho que disponemos de un tiempo y vamos a comprar un regalo para Félix. Un bastón de ébano". Compro también un collar para Rubén y otro para Marta, y unas pendientes de marfil.
Vamos a casa para hacer el último almuerzo todos juntos: Daniel, Ester, Aída, Laia, Rosa y yo. Cuando estamos ya en los postres vienen las niñas, Aída y Laia y me dicen unas palabras tiernas de despido y cada una me regala una cosa para mi hija Marta. Laia me regala dos anillos de Carey y Aída un instrumento musical típico de aquí, un Axatse, que está hecho con una calabaza a la que han vaciado y han anudado semillas a su alrededor. Es precioso. También era un regalo que yo buscaba por el Rubén, pero es muy difícil de encontrar. ¡Qué sorpresa!
Termino de preparar las maletas. Aprovecho para dejar regalos a las misioneras. A Sara un jersey y una linterna, a Jazmín mi camisón y un desinfectante para los pies, a Rosa un paraguas, un abanico y la mosquitera de la cama.
Tengo que hacer maravillas para que toda mi ropa, regalos, fruta, instrumentos musicales, etc. me quepa todo en las dos maletas. La pequeña tendré que llevarla encima, ya que la grande la ya pesa 23 Kg. Y no está permitido llevar más de 20. Tendré que pagar sobrepeso.
A las 18.30 Rosa prepara un "pica-pica". Me quiere también preparar comida para el camino, pero digo que no, que en el avión ya me darán cena.
Vienen Daniel, Éster, Aída y Laia para estar con nosotras. Me dan las últimas recomendaciones para pasar todos los trámites aduaneros, tanto en Bata como en Malabo. Esta vez lo tendré que hacer sola, ya que Damaris, la misionera que me recibió a la venida no puede venir a recogerme y a hacer el papeleo del cambio de avión para salir del país.
Me visto con el vestido guineano y me pongo el pañuelo en la cabeza, tal y como me han enseñado. Me pongo los collares y los pendientes. Guineana total.
Me hacen una foto con los misioneros. Todo a punto para la marcha. Hacia el aeropuerto. Me acompañan Daniel y Rosa, Sara se queda en casa con las niñas. Se enfadan porque quieren venir a despedirme, pero como los trámites pueden ser largos, mejor que no.
Paso la aduana, miran las maletas por dentro, lo registran todo, pero como no llevo nada que no pueda llevar, me dan el "visto bueno". Pago los tres kilos de más a Utage, que es la compañía guineana de Bata en Malabo, 1.500 FC, que vienen a ser 350 Ptas. Spanair, que es la compañía con la que viajaré de Malabo a Madrid me perdona el pago del sobrepeso. Más tarde el viaje de Madrid a Barcelona también perdona el sobrepeso.
Cuando tengo que dar el pasaporte y el visado a la policía intentan darme miedo diciendo que estoy ilegal en el país, dicen que solamente tenía visado para 10 días y que hoy hace el día 11. Son altos, fuertes, con cara agria, vestidos con traje militar de camuflaje, y con sus armas respectivas. Su voz áspera y desafiante. Con una sonrisa digo que ha contado mal, que el día que entré al país fue el día 28 de marzo, y si contamos 10 días más nos vamos al 7 de abril. Hoy es día 7. Ellos insisten en que el tiempo acababa ayer, y que es un problema grave para mí estar en el país sin visado. Yo, sin inmutarme digo que si me quieren retener unos días para esclarecerlo no tengo inconveniente, que me gusta mucho Guinea y no me importaría quedarme unos días más, que si vuelvo a España es porque se acaba el visado y mi marido me reclama. Pero que sería una buena excusa que me retuviesen para poder estar allí un tiempo más.
Daniel ya me había advertido que podía pasar esto, que buscan cualquier excusa para sacar dinero, ellos hacen ver que has cometido un fallo pero que ese fallo se puede subsanar con una buena propina, pero también me dijo Daniel que lo único que les podía callar era mi temple y que, sobre todo, no se me notara que me estaba poniendo nerviosa.
Me quieren dar miedo pero no lo consiguen, ellos lo intentan para conseguir que les des algo de dinero, pero como yo sé que mi visado está en regla no quiero que se salgan con la suya, porque es una forma de soborno. Es cuestión de armarse de valor, paciencia, humor y sonrisa ante este tipo de desafío y no estoy dispuesta a su chantaje emocional.
Eso los desarma, me miran como perdonándome la vida y me sellan el visado, aunque sus caras reflejan enfado, porque han intuido que no me van a sacar ni un Franco Cefa.
Paso el control y permiten que Daniel y Rosa me acompañen durante el tiempo que no embarco.
Cuando ya nos llaman para subir al avión se despiden de mí con un abrazo y en ese momento me dan un último regalo: Una rosa de África. Estoy emocionada, sé que les habrá costado mucho encontrar esa flor, aquí no abundan las flores y esta es una especial que aquí la tienen como flor emblema. No sé cómo la han encontrado, pero aquí está y es para mí. Yo sé que les quiero a ellos y también sé que ellos me quieren a mí.
Subo al avión de Utage, No hace falta que mire por la ventanilla el paisaje, es de noche y no se ve nada. Cierro los ojos y en una hora llego a Malabo. Allí me recoge Marcelino, el empleado de Spanair. Sara, la misionera de Mokurasi, le recomendó hace días que me tratase como si fuera su madre. Cuando me llama por mi nombre y me presento delante de él, me mira y me dice que pensaba que yo era una viejecita y se ha sorprendido de lo joven y bonita que soy (a los nativos de aquí les gustan las mujeres blancas y gorditas). Eso me alegra el tiempo que estaré en este aeropuerto tan triste.
Veo a una mujer blanca y me acerco a ella y entramos en conversación. Trabaja en el Consulado español. Ella va a Madrid, que allí tiene casa y va de vez en cuando. Hace 20 años que vive en Guinea. Al estar acompañada por ella hace menos tensa la espera hasta coger el avión que nos llevará a Madrid. Me dice que los tres o cuatro hombres blancos que hay (el resto son negros) son misioneros católicos, que viajan por la noche porque es más económico, ya que los empresarios blancos viajan de día.
Debo pasar por el control de la policía española. Están al pie de la escalerilla del avión, donde han instalado unas luces muy potentes y unas mesas para que pongamos nuestras maletas y ellos poder abrirlas para inspeccionar su interior, lo revuelven todo. Nos dicen que está prohibido sacar cualquier tipo de carne del país. Como yo no llevo nada que no esté permitido lo dan por correcto, ya puedo subir al avión. Respiro tranquila porque ya ha terminado todo el trámite.
Dentro del avión vuelvo a hablar con la mujer del Consulado. Me recomienda que ahora me siente en el asiento que me corresponde, pero una vez hayan subido todos me aconseja que busque donde haya tres asientos juntos vacíos, porque así podré estirarme toda si quiero dormir. Ella es lo que hace siempre, puesto que el vuelo por la noche no va tan lleno como el de día.
Así lo hago y dispongo de tres asientos para mí.
A medida que va pasando la noche voy cogiendo frío, ya que aquí hay aire acondicionado y mi vestido es para lugares muy calurosos. Pido dos mantas. Una para tapar la espalda y los hombros y la otra para las piernas.
A las 23.15 empieza el vuelo y reparten periódicos. Las primeras noticias en 12 días: El País.
Al cabo de una hora, a las 00,15, cuando ya estamos volando, tenemos el cinturón quitado y están repartiendo cenas, el avión empieza a caer en picado y todo empieza a volar por dentro la cabina. Es todo tan rápido que no da tiempo ni a tener miedo. Acto seguido por los altavoces dicen que nos volvamos a poner el cinturón y que todos los servicios quedan suspendidos hasta nueva orden, que estamos pasando por unas zonas con fuertes turbulencias. Parece que el avión sea el "Dragón Khan" de Port Aventura. El estómago sube a la boca, pero es una sensación agradable de tensión. A las 12.30 se termina la diversión. Volvemos a quitarnos el cinturón. Las azafatas recogen todo lo que ha volado por la cabina y vuelven a repartir las cenas.
Veo una película griega muy mala. Intento descansar, pero no puedo cerrar los ojos; no sé que pasa, estoy tranquila pero no puedo dormir. Debe de ser la emoción por lo vivido y por volver a casa y ver a los míos, aunque tengo tristeza de dejar atrás todo lo que he conocido de Guinea. Pienso que me han quedado tantas cosas por conocer y por hacer...
Miro por la ventanilla, el cielo está limpio y las luces de las carreteras de las ciudades africanas por las que sobrevolamos son amarillas y blancas las de la ciudad, hacen que parezcan filigranas de oro y perlas.
Pasamos sobre Oran, después Casablanca. Después pasamos sobre el Mediterráneo, ahí, como que no hay ninguna luz, es negro cerrado.
Entramos en España entre Almería y Murcia. A las 6.10 aterrizamos en Madrid.
Desembarcamos y busco el camino para encontrar la puerta de embarque de Madrid a Barcelona. Es complicado, hay mucha gente pero nadie sabe nada. Es demasiada temprano y los mostradores de información todavía están cerrados. Pregunto a uno de Iberia que es el único abierto y no quieren contestar porque mi billete es de Spanair. Sólo dicen que mire los monitores, pero en los monitores no sale el vuelo de las 7.30 hacia Barcelona.
Tengo que esperar a las 7 que es cuando obre un mostrador de información de todos los vuelos.
Cuando llega la chica de información me dice que he de ir rápidamente al mostrador de Spanair que está en la otra punta del aeropuerto, que allí me informarán. Corriendo como una loca para no perder el avión, llego resoplando y la chica muy amablemente me dice que descanse, que como el avión de Malabo ha llegado con retraso y ha sido imposible el empalme con el de Barcelona, lo han suspendido y por esto no salía en los monitores. Nos han puesto en el avión de las 8.00.
Este es más estrecho y va lleno de ejecutivos con sus carteras y los periódicos que dan en el avión. Van por grupos y charlando de trabajo.
Dan desayuno. En el otro avión procedente de Malabo también nos habían dado, pero allá tampoco he comido nada, ahora sólo acepto el zumo, no me apetece comer nada.
Llego al aeropuerto del Prat a las 9 de la mañana. Paso por el control de la policía y voy a recoger la maleta.
No aparece. Voy al mostrador de Spanair y dicen que mi maleta vendrá en el avión siguiente que viene de Madrid, el motivo que dan es que al tener que hacer cambios en el enlace Malabo-Barcelona por culpa del retraso de la llegada desde Malabo, han tenido que hacer también cambios en el embarque de maletas, y que vendrá en el próximo vuelo dentro de una hora. Como me tengo que esperar, me dan permiso para salir y ver a mi familia que estará esperándome en la puerta de salida, ya que ellos habrán visto en el monitor que mi vuelo ya está en tierra.
Cuando salgo está Félix y Marta esperándome. Marta no me reconoce. Vengo vestida de guineana y morena. Oigo que dice: ”No veo a mama”, y a Félix que contesta: "¡Si la tienes delante!". Nos abrazamos y la emoción nos hace romper a llorar.
Tras las primeras palabras, les explico que debo volver a entrar para recoger la maleta. Problemas, tampoco llega en el siguiente avión. Vuelvo a reclamar, la buscan por ordenador y me dicen que la tienen localizada en Madrid, pero que no saben el porqué no ha venido en este vuelo. Más vale que marche y ya me la enviarán directamente a mi domicilio.
En casa tenemos todo el tiempo del mundo para charlar y contarles mis nuevas vivencias.
Efectivamente, al día siguiente a las 8 de la mañana me traen la maleta donde traigo todos los regalos para los míos, incluyendo el tambor.
Aquí se acaba mi viaje por tierras africanas.

Mirar hacia el interior de uno mismo
He vuelto al mundo donde he vivido siempre. Reflexiono sobre lo que ha sido este viaje.
Lo que más me ha conmovido ha sido la vida de los misioneros. Casi todos son jóvenes, un promedio de 30 años. Han dejado una vida relativamente cómoda, una familia, un trabajo remunerado, amigos, etc. para venir a un mundo que aún está por hacer. Todo por amor, Amor en mayúsculas, a Dios y a los seres humanos. Son seres especiales. Su mirada es limpia, alegres, con empuje. Aquí no es un lugar fácil, enfermedades tropicales, a veces sus vidas peligran, pero tienen la confianza de que Dios está con ellos y que no pasará nada que Él no quiera. Están preparados para todo, y cuando digo todo es que están dispuestos a sacrificar su propia vida por los demás.
Recuerdo también ese paraíso verde, pero en mi retina también están esos camiones madereros con troncos centenarios que provienen de una deforestación salvaje y poco controlada. Veo lugares en estado puro, con gentes amables y sencillas, que sobreviven con lo mínimo, que parecen haber perdido sus raíces y que no luchan demasiado por encontrar una salida en un país que tiene muchos recursos naturales, pero están poco aprovechados por culpa de los que dirigen su pueblo y controlan sus recursos.
Veo mi vida y la de los que me rodean, somos personas que podríamos llenar nuestras vidas de cosas que realmente merecen la pena y la malgastamos con orgullo, envidia, prepotencia...
Miro alrededor mío y veo electrodomésticos, ropa y tantas y tantas cosas... Doy gracias a Dios por todo cuanto tengo, pero me siento mal, no por los avances tecnológicos de que dispongo y que me hacen la vida diaria más fácil, como por ejemplo el frigorífico, la lavadora, el calentador... creo que es bueno que pueda gozar de estas cosas que dan calidad de vida, pero también veo muchas cosas inútiles. Llenamos nuestras vidas con parafernalia que no sirve para hacernos ni mejores, ni más felices. Objetos comprados en un impulso consumista que llenan los muebles y cajones y, que al poco tiempo olvidamos en algún rincón, o los tiramos al contenedor. Dilapidamos el tiempo y el dinero en cosas que realmente no nos hacen falta, ni para nuestra vida diaria, ni para el más allá. Llenamos nuestro mundo de cosas vacías.
Veo mi casa tan bien instalada y pienso en los africanos, aquí presiono un interruptor y tengo luz, abro un grifo y tengo agua. Si tengo mala salud dispongo de médicos...
Recuerdo los ojos que miraban con deleite el abanico con que me refrescaba del calor, los niños que abrían los ojos como platos con los globos que llevé. No tenían juguetes, pero jugaban. Nuestros niños tienen juguetes pero no saben jugar.
Mi sueño de viajar a África se hizo realidad, y a aquel mundo me gustaría volver para quedarme allí, y seguro de que ellos a mí, en vez de yo a ellos, me enseñarían a vivir mejor.
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| Mary Palomar (Chongui) |
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